La inconsciencia histórica

Imagen anterior: El ojo observador del mundo. Fuente: El País Costa Rica (2020).

La inconsciencia histórica

Andreu Marfull Pujadas
29 de febrero de 2020

Artículo relacionado: “La inconsciencia histórica”. En EL PAÍS COSTA RICA, el 29 de febrero de 2020. Clicar.

La inconciencia histórica de todos los caminos (no reconocidos) que ha labrado la humanidad está en la raíz de todas las disputas humanas, bajo la forma del control del capital simbólico que se nutre del poder autónomo del inconsciente psíquico. Y no saberlo no nos permite avanzar hacia un mundo mejor.

Manipular la realidad tiene un premio, en algunos casos. Pero, por lo general, a costa de un alto precio, en la medida que niega y legitima injusticias, o bien actos no reconocidos que se desean amoldar a la realidad. Pero el precio más alto es el que se debe pagar por no disponer de una información veraz de la realidad, y el hecho que ello no permita enjuiciarla debidamente. Desconocer la realidad es causa principal, no la única, de todos los conflictos humanos que tienen en sus raíces una negación de la misma. La causa de fondo debe buscarse en todas las formas que ejerce la inconsciencia humana, y todo lo que niega o desatiende. Por ejemplo: el cambio climático; las razones de las rebeliones sociales ante sus poderes estatales; y toda la violencia física y emocional que se genera a su alrededor.

Pero, en el siglo veintiuno, con una avalancha de información inédita, se ha impulsado esta nueva consciencia global, en la línea que ha identificado Manuel Castells en su obra The Information Age: Economy, Society and Culture (de los años 1997 y 1998), pero cuyo recorrido apenas ha empezado. Hoy en día se habla de noticias basura, fake news o noticias falsas, de raíz periodística, que algunos medios tildan de ser intencionadas. Y, en otro orden de cosas, se encuentra la debilidad manifiesta de controlar los servicios de espionaje estatales (y otros), que mueven los hilos irreconocibles de los intereses del poder, ocultos en objetivos de dudosa ética y moral (como la explotación y el control político y social). Pero detrás de esta gran verdad está, de un modo no reconocido, la historia oficializada, con todas sus virtudes y sus defectos, que ha escrito la pluma autónoma (y según como invisible) del poder de quienes han servido al gran capital simbólico que ha edificado la inconsciencia humana. La manipulación de la realidad no se trata de una tendencia reciente, todo lo contrario, desde tiempos inmemoriales ha sido de lo más común, ya que hasta esta era el gran capital ha podido actuar con mucha mayor impunidad, y de un modo más despiadado, creando e incluso ceremoniando grandes sacrificios.

La realidad del presente siempre es interpretable, ciertamente. Convive con diversos puntos de vista, y se reconoce que esta situación es normal, o común, como lo es discutir para aclarar las cosas. Pero este trato es distinto cuando se refiere al pasado. Es decir, con el pasado somos menos críticos y más condescendientes, y el debate, de existir, se encuentra en los matices, ya que el consenso de la historia oficial se ha impuesto, algunas veces de modo voluntario y otras mediante el uso y el abuso de la fuerza. En su lugar se ha construido el conjunto de cuerpos académicos de la historia, alineados alrededor de corrientes culturales determinadas, con ideas a medida de los estados y los poderes a los que sirven (y de los que se sirven) y los financian. Y trabajan para esta cosmovisión consensuada sin ser conscientes de ello, salvo meritorias excepciones.

La memoria humana colectivizada ha pasado por el fieltro de la interpretación forzada, en el que se ha perdido u olvidado la noción y el significado del mismo, resultado del gran y extraordinario consenso de la historiografía oficial que ha impuesto la hostilidad humana, junto a su deseo de conciliación, en nombre de la paz y la estabilidad, para de este modo justificarse con la promesa del fomento de la prosperidad.

La realidad del gran poder simbólico que guía a la consciencia humana es, de algún modo, una narrativa, y siempre lo ha sido. Y toda narrativa se puede manipular. Pero la manipulación colectivizada en nombre de la historia se ha convertido, resultado de la inercia de las mutaciones del capital simbólico, en una hibridación de muchas realidades, en las que conviven verdades robustas con verdades a medias, y otras verdades que se han manipulado, u ocultado. En un extremo más incómodo, incluso, se puede afirmar que se han creado falsas verdades que han pasado a ser realidades, en la medida que han conseguido ser creíbles, aunque al final se despojen de parte de su dimensión fantasiosa, o maliciosa. Por ejemplo, un trato de fantasía, en este caso acompañada de un culto al ser humano, ha sido el haber creído que la Tierra es el centro del Universo, y otro más malicioso el decir que, en nombre de la fe, existen unos dioses superiores a otros, que se pueden genocidar, junto a quienes creen en ellos. Y quien dice dioses dice profetas, pensadores u otros ideólogos que ciertos corrientes han encumbrado para capitalizar, y controlar, el imaginario de la evolución del rostro del poder, para dar un sentido a su constante mutación.

La idealización, para bien y para mal, ha alimentado a la historia, en la medida que ésta se ha transformado en la verdadera y principal construcción de la cosmovisión de realidad. Y lo ha hecho hasta límites inimaginables para la débil consciencia colectiva actual.

La historia oficial es, en este sentido, el resultado más evidente de la manipulación de la inconsciencia humana, si bien no se reconoce como tal, en la medida que se ha institucionalizado y, en apariencia, viene acompañada de fuentes documentales. Pero, ojo, la realidad documentada no es, necesariamente, una veracidad. Únicamente es un documento, que tiene un significado y una razón de existir. No todo debe entenderse como una manipulación, ciertamente, pero existen muchas razones, en determinados casos, para suponer que así sea. Es muy sencillo de comprender. Imaginemos que un gobernante o persona dotada de ciertos privilegios o responsabilidades dirige grandes empresas, que escriben parte del relato de la historia que se desea rememorar. Pero este personaje resulta que representa a un poder mayor que entra en desgracia, y desaparece, de modo que se crea una crisis de legitimidades y en su lugar aparecen otras, y todo ello acaba con una guerra múltiple y unos poderes intrusos, que desean imponer sus voluntades. Cuando esto ocurre, ¿qué hace el poder intruso? Para empezar, destruye a todos sus adversarios, o a lo sumo les da la oportunidad de afiliarse a su servicio. Pero puede darse el caso de que el cambio de poderes vaya de la mano de la construcción de una nueva cosmovisión, o de una nueva era que necesite de una revisión de la historia. Se cambia la historia y con ello se impone una nueva ley. Entonces, el cambio debe ser estructural, y el poder intruso destruye la gloria del personaje que entró en desgracia, junto al poder que representaba. Destruye los documentos y las pruebas de su poder, y construye otros nuevos, apoyados de nuevos documentos, que falsifican la realidad. O, incluso, si es necesario, borra toda su existencia, o su esencia, si no es posible borrarla del todo. Comprender este aspecto es relativamente fácil, y lo constatan ciertas pruebas reconocidas, que nos hablan de destrucción en la forma de grandes persecuciones, estigmas o difamaciones, a la par que de cambios de identidad, y, de un modo no lo suficientemente reconocido, de destrucción, manipulación o falsificación documental. Pero el reconocimiento no está a la altura de su verdadera manipulación. Se da el caso de que si no es suficiente alterar la historia siempre queda la opción de trasladar el poder vencido y superado al pasado, para desubicarlo de la época que se desea reconstruir. Este es el caso de la reconstrucción del pasado de Egipto y su estrecha relación con el pueblo judío. Su historia común se ha enviado al pasado, coincidiendo con el inicio del proyecto colonizador cristiano, de la mano de la empresa de la evangelización dirigida desde Roma. Y con ello se ha construido, en su lugar, una historia legendaria para el poder romano italiano, que desde entonces ha pasado a substituir su verdadero pasado greco-egipcio y babilónico, más oriental. A día de hoy esta tesis resulta o puede resultar temeraria, o incluso ofensiva, pero no lo es. Colón, los Borja y todos los poderes de Portugal, en nombre de la Orden de Cristo, han sido artífices de este cambio, pero no en el sentido (ni en el tiempo) que se les da en el relato oficial, y que (falsamente) constatan los documentos oficiales. A su vez, el relato apocalíptico de la destrucción de Babilonia, de la Biblia cristiana, se refiere a ello. Babilonia es, y era, la capital de Egipto, El Cairo. Es decir, los textos sagrados también se han enviado al pasado, y se basan en hechos ocurridos hace pocos siglos. Sí, existen razones, y pruebas, que lo demuestran. La Nueva Cronología nos habla de ello (clicar).

Vivimos en un collage histórico de colosales dimensiones, que tienen que ver con el uso y el abuso del poder autónomo e incontrolable de la inconsciencia humana. Y unas de sus manifestaciones se concentra, de un modo especial, en la tensión del epicentro de la tierra más santificada, Jerusalén, tras haber caído en desgracia aparente otros centros, como lo son el Tíbet, Egipto y la misma Roma italiana, después de haber destruido el poder del fundamento místico occidental que en su momento fue un subcentro santificado: judío y catalano-provenzal, que a su vez fue un reflejo paralelo a otro de principal: en este caso judío, armenio, georgiano y tártaro. Y allí, en esas tierras, todavía se vive esta lucha. Incluso, en cierto modo, debe relacionarse con el pulso histórico de la catalanidad ante la opresión castellana y francesa, si bien ésta ha sido despojada, en gran medida, del judaísmo, siendo éste un caso similar al de los pulsos escocés, flamenco y veneciano, ante sus respectivos poderes estatales. Pero el mayor pulso, el pulso global, es el que ejerce el Gran Capital, con mayúsculas, ante todos los estados que, militarizados, someten a sus propios conciudadanos.

Se ha perdido el horizonte de la perspectiva de la mutación del poder simbólico. Vivimos en una inconsciencia histórica, que apenas empieza a tomar forma en la consciencia colectiva. Como se ha apuntado, al hablar de la manipulación de la historia debemos ver la lógica de la idealización de la realidad, ya sea por exagerar algo o por ocultar lo contrario. Y esta práctica es muy humana, y suele ir de la mano del proceso de maduración de las personas, pueblos, religiones o identidades varias en el siempre lento y complejo proceso de reconocimiento mutuo. Todo ello, sin ser conscientes de su vinculación, ha dejado su mella en el relato histórico oficial, creando a su vez múltiples anomalías. Sin ir más lejos, sirvan de ejemplo las guerras religiosas o imperiales, en nombre de Dios o del gran capital, y todas las aberraciones de la realidad que han dejado escritas. En cierto modo, comprender este lazo permite abrir una puerta por lo general cerrada, que conduce a la contemplación de la lógica contradicción inherente entre las evidentes manipulaciones de la realidad, que constatan todas las disputas humanas, y la fe ciega en el relato de la historia oficial, que se ha sacralizado, convirtiéndose en el fundamento último de todas las leyes, tanto de las justas como de las que no lo son.

Pero la anomalía de la realidad legitimada tiene un fundamento lógico, que permite avanzar en la toma de conciencia de sus debilidades, cuando se comprende mejor el proceso de su construcción.

Por un lado, se encuentra la torpeza humana a la hora de construir un origen divino de la vida y de la humanidad, y la pretensiosa idea de ponerle fecha, en nombre de un texto sagrado que así lo afirma. Este tema no es en absoluto menor, ya que, más allá de ser un ejercicio de fantasía de dudosa idoneidad, debido a ello se han sentado las bases de la dilatación de la historia. Es decir, la historia realmente documentada es mucho más breve de lo que se afirma, y ello es debido a que se ha creado una obra a medida de la autoridad de grandes poderes que han pretendido eternizarse. De este modo, la breve historia real se ha acabado por convertir en una historia dilatada y duplicada en el tiempo, por ejemplo, creando dos grandes grecias, una clásica y otra medieval, cuando en realidad son la misma, tal como han desarrollado Anatoly Fomenko y Gleb Nosovskiy (clicar). Entre los años 1975 y 1979, Anatoly Fomenko realizó la tarea de grafiar con esquemas el mapa cronológico global y encontró, entre otros muchos duplicados, la repetición de las crónicas clásica y medieval del Imperio griego. De hecho, ésta es la razón del salto discontinuo de aproximadamente mil años entre la ingeniería, la arquitectura y la escultura clásica y su evidente continuidad con la equivalente renacentista, en la que el único cambio es su cristianización. Se ha hecho de tal modo que, incluso, se ha enviado al pasado el pensamiento, la ciencia y la astronomía griega medieval, y se ha pretendido imponer la idea que se recupera a finales del medievo. Pero esto tan evidente no se reconoce, y por el camino (o mejor dicho en su raíz) se debe de comprender que se ha deseado crear un origen autónomo tanto de Jesús como de todos los reinos cristianos, y esconder de este modo que todo ha sido, en gran medida, una mutación de identidades que ha ido de la mano de un proceso historizador para de este modo legitimarlo. Para hacerlo posible, bajo el yugo del gran capital simbólico que orienta a la consciencia humana, se ha entregado a la humanidad las grandes crónicas de los cronistas reales y los grandes testimonios de santos y profetas, junto a la inestimable “ayuda” de los historiadores de la antigüedad que se ponen de moda en la llamada Era Moderna. Todos ellos son la pluma oculta de esta gran distorsión de la realidad, que ha redactado la pseudohistoria oficial y su idea asociada. Pese a ser una gran obra, no carente de buenas voluntades, pese a todo, es el mayor fraude, o, mejor dicho, la mayor deshonestidad colectivizada jamás creada por la inconsciencia del ser humano.

Por otro lado, detrás de la gran y clamorosa evidencia de que vivimos en un escenario cultural, histórico y cronológico deshonesto, se suman los lamentables genocidios, crímenes, persecuciones y difamaciones que la humanidad ha liderado, en nombre de fes divinizadas o imperialismos de distinta naturaleza, es decir, dinásticos, culturales, comerciales o simplemente ideológicos. Nos referimos a todo lo que la humanidad ha hecho por legitimar lo injustificable, después de un desprecio y una lucha infames, en el que la inteligencia y las mentes más hábiles no han conseguido razonar soluciones más amistosas, basadas en la libertad de las voluntades en conflicto, resultado de la inmadurez humana a la hora de resolver los errores que ella misma niega, inconscientemente. Por el camino, se ha alimentado el culto a la violencia humana, y un sinfín de farsas y mentiras, acompañadas de medias verdades, que no ayudan en modo alguno a realizar un sano revisionismo histórico.

Una consecuencia de esta gran distorsión histórica es la causa de cierta tolerancia a una realidad mal diseñada, en la medida que ha sido capaz de apaciguar a las mentes más críticas, y ello ha relajado las ansias de venganza y el sentimiento de indignación que las alimenta. Pero esta situación ha creado otra consecuencia de calado mayor, que se debe comprender si se le desea dar una respuesta razonable. Manipular la realidad ha construido una disociación cognitiva que no permite avanzar en la madurez y la responsabilidad humanas, y ello conduce, inexorablemente, a conflictos perpetuos y a desatender temas capitales, como los derechos humanos, los derechos ambientales u otras muchas más fronteras entre la violencia reconocida y la no reconocida, como lo son la competencia por el poder y todo el crimen organizado (militarizado) que se está recrudeciendo día a día, así como todas las demás luchas en nombre de las identidades aparentemente irreconciliables.

Tras toda manipulación, independientemente de si detrás hay buena o mala voluntad, o sentimientos de angustia o patológicos, aparece un ser manipulador. Y cuando estos seres trabajan al unísono, ensalzados por sus razones, las que sean, se convierten en verdaderos depredadores de la ignorancia de la inconsciencia histórica, y la reproducen a su alrededor. Sin haber sido su intención, la ignorancia de la manipulación de la historia, y de la realidad, que actualmente protegen los academicistas de la historia oficial, bajo la presión del gran capital simbólico, ha sido un arma de doble filo cuyas cuchillas (si deseamos realmente avanzar en la construcción de un mundo mejor) se deben descubrir para luego despojarlas de su capacidad de herir, cortar y acabar con toda posibilidad de reconciliación entre el pasado de la humanidad y su presente hostil para, de este modo, encarar el futuro de un modo más consciente y responsable.

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