Hacia la profesionalización del urbanismo, en Ciudad Juárez y en medio mundo

Hacia la profesionalización del urbanismo, en Ciudad Juárez y en medio mundo

(o la misión política de la Nueva Agenda Urbana)

 

Andreu Marfull  –  2019/mayo/10

 

Ciudad Juárez es especial, única. Por diversas razones. Tal y como se dejó escrito en este blog, tras una primera impresión, 

Descubrir Ciudad Juárez es contemplar la lucha por la construcción sociocultural que se enfrenta a un constructo político-económico cuya principal expresión es la imposición de una desigualdad desacomplejada. Pero su lucha no solo es local, porque su adversario es global. Es, por esta razón, (parafraseando a Lefebvre) un lugar privilegiado donde el pulso por el derecho a la ciudad es un verdadero desafío global.

Ésta fue la razón que motivó el inicio de una nueva etapa para el observador, quien decidió vivir y conocer, más a fondo, este lugar, y aprender de él. Y, por esta razón, desde aquí, desde este escenario privilegiado, gracias a la oportunidad dada por la universidad juarense, esta primera impresión, transcurrido más de un año, se ha transformado en una exploración que ha transcendido su marco teórico, hasta enlazarse con un debate global que le es afín: la Nueva Agenda Urbana, y el nuevo paradigma del derecho a un desarrollo sustentable que promueve las Naciones Unidas. 

Y, ¿de qué habla la Nueva Agenda Urbana? Pues habla de visionar un proyecto para el futuro, pensando en el bien común, a través de la mejora de las ciudades, en especial de aquellas que, como le ocurre a Ciudad Juárez, presentan importantes carencias o dan señales de problemas de difícil solución aparente. A modo de resumen introductorio, se pueden nombrar los siguientes problemas:

  • Observar las calles de Ciudad Juárez, el estado de la urbanización, de las calzadas, las banquetas, el mobiliario urbano y la señalización dirigida al tráfico de vehículos y transeúntes, en Ciudad Juárez, es impactante, en especial si la referencia del observador es la ciudad de Barcelona.
  • Observar la dependencia absoluta del automóvil, la falta de una cultura de la circulación prudente, el desuso de las calles por parte del peatón y la casi nula presencia de pasos de peatones para cruzar las calles, resulta ofensivo.
  • Observar el estado de los parques, que en algunos casos se encuentran sin uso y descuidados, así como la baja calidad de las construcciones, su ausencia de mantenimiento, la obsolescencia de sus usos, e incluso su abandono, en medio de espacios baldíos en toda la ciudad, así como la inexistencia de una red efectiva de recogida de las pocas aguas pluviales que se precipitan, causando graves inundaciones únicamente con leves lluvias, causa preocupación.
  • Observar y analizar la dispersión urbana, enfatizada en barrios cerrados con un único acceso en medio de la nada, o bien en espacios privatizados en zonas céntricas de la ciudad, así como el tamaño de la dispersión industrial, en una ciudad desconectada, insegura y marginal, plantea la duda razonable del grado de profesionalización de la actividad urbanística.

La suma de todas estas evidencias plantea, por otro lado, una pregunta obvia: ¿por qué no existe un debate público a la altura de estas graves deficiencias urbanas?

La respuesta, sin embargo, no es sencilla. Existe una conciencia generalizada de estas realidades, y se habla de ello en la universidad. Existe indignación y preocupación, así como estima y compromiso con la ciudad, pero, sin embargo, parece que nadie las afronte realmente. En el trasfondo, planea la conciencia de que el problema no es únicamente juarense, ya que es estructural al sistema político, económico y social mexicano y latinoamericano, y está relacionado con la historia de la globalización económica, de raíz colonial. Debido a ello, se trata de un tema incómodo, evitado por los medios de comunicación y tratado sucintamente desde el espectro político, en todos los países del mundo.

Entonces, ¿cómo está el debate?

El debate es, por la naturaleza de la situación, débil en las esferas locales, inhábil en las nacionales e incipiente en las transnacionales. Pero, pese a todo, el debate transnacional global se encuentra bien enfocado.

¿Por qué?

Porque no se trata de un problema juarense, es un problema común y mayúsculo en muchas ciudades del mundo, del que se es consciente, y forma parte de la agenda inmediata de asuntos a resolver, o corregir. Por esta razón, la Nueva Agenda Urbana (Quito, 2016), ideada en el marco de los Objetivos de Desarrollo Sostenible 2030 y promovida por las Naciones Unidas desde la plataforma ONU-Hábitat, establece, en su Artículo 15.a, el compromiso de trabajar en pro de un cambio de paradigma urbano que reoriente la manera de planificar, financiar, administrar y gestionar las ciudades y los asentamientos humanos. Dicho compromiso viene dado por la evidencia de la insuficiencia generalizada de recursos técnicos y financieros para un desarrollo próspero y sustentable del proceso de urbanización, en especial en las ciudades de los países en desarrollo, y, de forma destacada, en las ciudades secundarias, que son las que se encuentran más expuestas a los efectos colaterales de la globalización. Es decir, se trata de las ciudades que se encuentran mayormente afectadas por el impacto del crecimiento de población y de la migración nacional y/o transnacional por razones económicas, así como por la búsqueda de recursos y mano de obra de bajo coste en el proceso de industrialización asociado.

El caso de Ciudad Juárez, en este sentido, aúna todas estas debilidades, que se encuentran acrecentadas por la condición fronteriza con los Estados Unidos, así como por los acuerdos colaterales de industrialización transnacional, que busca la mano de obra económica mejicana como incentivo para la competitividad del sector industrial norteamericano. Debido a ello, el grado de provisionalidad y de marginación es superior al de otras ciudades ya consolidadas o estabilizadas, sujetas a un estadio de industrialización y/o de crecimiento marginal menor.

Dicha situación conlleva el establecimiento de una debilidad estructural, asociada a las consecuencias de las condiciones anómalas del tipo de urbanización que se genera y a la velocidad de dichos cambios. Las Naciones Unidas y la simple observación constatan, en estos casos, la creación de ciudades en expansión dispersa y fragmentada; la incapacidad de garantizar una correcta infraestructura de bienes y servicios; así como la acumulación de espacios marginales, de economía informal e inseguridad de un modo generalizado; a la par que la sobreexplotación de los recursos naturales, cuantiosos daños para el medio ambiente y el deterioro creciente de los sistemas biológicos.

Todo ello, adquiere una especial relevancia al considerar las dos tendencias globales que anuncia las Naciones Unidas y se exponen a continuación:

  1. En las próximas décadas, el 95% de la expansión de los terrenos urbanos tendrá lugar en el mundo en desarrollo, donde el porcentaje de planificadores cualificados es más bajo, o prácticamente inexistente.
  2. Se prevé un crecimiento de 1.000 millones de personas viviendo en ciudades, entre los años 2015 y 2030, hasta alcanzar la cifra global de 5.000 millones.

Es decir, el problema es acumulativo y se prevé que se acelere en los próximos años, en especial en sus puntos o espacios más débiles desde el punto de vista de las desigualdades estructurales del régimen económico globalizado, caracterizado por el estímulo de la competencia y la acumulación de los capitales que la dinamizan.

Pero, entrando en más detalle, ¿por qué ocurre este proceso de urbanización deficiente?

Por diversas razones. En primer lugar, se encuentra la insuficiente transferencia de recursos y competencias de los gobiernos centrales hacia los municipios, característica de países en los que la cultura democrática es débil, siendo ésta una cuestión identificada por ONU-Hábitat, si bien obvia entrar en cuestiones políticas. Y, en segundo lugar, se encuentra el desarrollo tardío de la cultura urbanística, caracterizada por carencias estructurales en materia de derechos civiles y biológicos que, a su vez, forman parte del mismo problema. Por ello, conviene profundizar en el calado histórico de dichas problemáticas.

Las ciudades en las que la actividad económica, los servicios, los bienes y la renta familiar son más altos, es decir aquellas que representan los iconos urbanos, pese a tener también sus propios conflictos o espacios de crítica, no están expuestas a la magnitud de los retos aquí expuestos. Pero, por otro lado, conviene resaltar que todas las ciudades participan como un único sistema del constructo económico y comercial, pero éste las transforma en piezas con distinta función. Unas están dirigidas a la exportación de las plusvalías (vocación obrera e industrial) y otras a su importación (vocación abierta al consumo y el goce de bienes y servicios). Se trata, sin lugar a dudas, del mismo patrón que aparece en las ciudades de la primera era industrial, caracterizado por una sociedad de clases, con la singularidad de que hoy por hoy dicha dualidad se ha especializado en tipos de ciudades y/o regiones económicas, siendo ésta una barrera simbólica y poderosa que dificulta la comprensión de su dependencia mutua o correlación. La segunda gran era industrial, que afecta a todo el planeta, ha trasladado la sociedad de clases a una escala más compleja. Antes, en la primera era, esta dualidad de clases convivía en las mismas ciudades, debido a que la industrialización se desarrolló en las naciones colonizadoras. En la segunda era, las naciones colonizadas, que en sus inicios se especializaron en la producción de bienes primarios, han pasado a asumir también el proceso de manufactura primario, industrial, con la salvedad de que, gracias a los procesos de independencia que se inician en el siglo XIX y se completan a mediados del siglo XX, ya no gozan del estatus político de “colonias”. Pero, sin embargo, es notorio que en ellas todavía se identifican grandes desigualdades, formas de abuso o corrupción y, por lo general, debilidades estructurales en materia de derechos civiles y biológicos. Éste es el centro de la cuestión que nos ocupa.

Por lo general, en las ciudades de estos países se ha desarrollado lo que puede considerarse la segunda gran industrialización, o la industrialización global, planetaria, diseñada hace unas décadas (años setenta) como incentivo para el mantenimiento de la competitividad del capital político y económico que, hasta entonces, lidera la primera industrialización colonial. Esta industrialización tardía o avanzada forma parte del desarrollo de la competencia en una economía acumulativa, con tendencia a la instrumentalización intensiva de los recursos sociales y naturales, así como de la tecnología, para el estímulo primordial de la plusvalía privativa, sin la cual no se puede mantener o dar continuidad al modelo o sistema económico establecido. Todo ello conduce, inexorablemente, a una lógica oculta y razonable que justifica la creación de dos mundos desiguales, que es consubstancial al sistema. Y uno de estos mundos no requiere de buenos planificadores urbanos, al contrario, los desautoriza.

Entonces, ¿cuál es el camino a seguir?

La Nueva Agenda Urbana promueve mejorar la planificación y gestión del desarrollo espacial urbano, e insta al esfuerzo para mejorar la capacidad para la planificación y el diseño urbanos, así como la prestación de formación a los planificadores urbanos a nivel nacional, sub-nacional y local (Artículo 102).

Pero, ¿es así de sencillo?

No, y sí. No es sencillo porque requiere de compromisos políticos, que a su vez requieren de acuerdos transnacionales, ya que se debe racionalizar el mal derecho concedido (no reconocido) de usar el suelo de un modo arbitrario y sin control social. Pero es sencillo, y poderoso, porque se trata de un derecho civil y biológico que, a diferencia del orden colonial anterior, tiene a su favor la determinación de la Organización de las Naciones Unidas. Es decir, es otro modo de luchar, técnicamente, contra las contradicciones del sistema de producción y consumo, y de apostar por la creación de nuevos sectores de la economía basados en los servicios que permitan abandonar, de este modo, la inviable e insostenible dependencia actual respecto a la sobreexplotación de los recursos naturales, biológicos y sociales.

La Nueva Agenda Urbana es, por tanto, una herramienta a instrumentalizar, para garantizar así el futuro de la calidad de vida de la humanidad y del resto de especies y sistemas biológicos. Profesionalizar el urbanismo, visto así, es un objetivo primordial, principal, para resolver los apremiantes y desatendidos desafíos y problemáticas que se acentúan a lo largo del siglo XXI, y tiene como misión crear, establecer, un proyecto de futuro sustentable en lo político, económico, social y ecológico, bajo la forma de un hábitat urbanizado próspero y racional, justo, equilibrado y armonizado con los derechos biológicos universales.

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