Tres años de un aprendizaje impagable

Imagen anterior: Semáforo de Ciudad Juárez (PRONAF) que recuerda a los conductores que los semáforos también piensan en los peatones. Autor: Andreu Marfull, 2019.

Tres años de un aprendizaje impagable

Ya son tres. Tres años explorando una gran ciudad: Ciudad Juárez, y otro modo de hacer ciudad, urbanismo y civismo. Vengo de Barcelona, donde todo o casi todo parece distinto. Al menos, en cuanto a la forma urbana y en cómo vivir la ciudad.

Investigo la ciudad, el urbanismo y el contrato social, mientras doy clase en la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez, donde descubro mis carencias, y alguna virtud, de la mano de una experiencia impagable como docente. Allí aprendo, cada día, hasta qué punto la enseñanza y el aprendizaje es un proceso dinámico de buenas intenciones y muchas contradicciones. Pero, sobre todo, aprendo a descubrir cómo es posible aprender con el alumnado. Ellos son quienes hacen los trabajos, y quienes comparten sus descubrimientos, y sus ideas. Yo simplemente gestiono este gran potencial, y me obligo a intentar estar a su altura.

Ciudad Juárez está en la frontera con los Estados Unidos de América, donde todo cambia. Un río, Bravo, es la frontera. Tras él está una ciudad gemela, El Paso, a la esquina Oeste del Estado de Texas. Allí la ciudad es distinta. Parecen iguales, pero no lo son. Ambas son un desarrollo a modo de casas adosadas, con laberínticas calles donde se encuentra algún parque, escuelas y pocas tiendas. O ninguna. Todo se adquiere en auto y las calles están por lo general vacías de peatones, salvo en el centro histórico, donde todavía persiste cierta actividad visible. Pero el comercio principal está en los corredores, donde pasan los coches y se ofrece todo lo que se desea. A su vez, estas ciudades crecen con fábricas, con zonas donde residen familias adineradas y otras más modestas, que se extienden sin un horizonte claro. A medida que uno se aleja todo se difumina. Dispersión, baja densidad, desconexión y ciudad siempre inacabada. Esto es común en Ciudad Juárez y en El Paso, como también lo es en el vasto territorio semidesértico que se extiende desde el Golfo de México hasta el Pacífico con vegetación concentrada en ciertos lugares, donde reside una notable diversidad biológica en la que destacan las aves y los insectos. Pero una ciudad es más segura que la otra, que acumula más gente pobre, y más violencia. En una hay más dinero para urbanizar y mantener el espacio público, así como para conservar sus construcciones. En una las fábricas están por todas partes, así como el comercio informal, y en otra no. Allí parece que todo tiene su sitio adecuado. En una parece que se construye una ciudad consolidada, y en otra una provisional, que siempre tiende al abandono.

México y los Estados Unidos tienen, a su vez, un proyecto industrial común. Lo llaman Tratado de Libre Comercio. La idea es fomentar la competencia económica y el desarrollo, pero es un simple proyecto industrial donde unos ofrecen trabajo y otros trabajadores, donde pocos se reparten el dinero y se obligan a no pagar impuestos. Sólo se paga lo mínimo de lo mínimo. Es un trato, quizás no el mejor, pero es un trato que ambas partes cumplen. Pero la ciudad es, debido a ello, en gran medida, lo que es. Una ciudad provisional que, si algún día este trato se rompe, pasará de ser provisional en constante abandono a ser una ciudad totalmente abandonada, y un abono para… quien sabe.

Y, todo esto, todo, lo veo a través del alumnado, más la capacidad, siempre limitada, de investigar por mi cuenta. Puedo ver el plan urbano de Ciudad Juárez, y constatar que no tiene una idea adecuada. Puedo ver que no existe realmente un plan. No se sabe cómo serán las calles que todavía no existen en las zonas donde el suelo especula para urbanizar. No se sabe cómo vivirá la gente ni qué usos habrá. No se sabe si una enorme fábrica ocupará el terreno, o un centro comercial, o negocios provisionales, o quizás alguna urbanización de miles de casitas sencillas para potenciales trabajadores de las empresas. Y no se sabe cómo invertir la tendencia a urbanizar mal, y a abandonar la ciudad. Es pobre y provisional, como lo es la ciudad.

Más arriba, del plan urbano, están las políticas, y las leyes. Allí puedo ver que existen otras carencias. Las ciudades mexicanas son provisionales porque las políticas y las leyes también lo son, en cierto modo. No obligan a planificar bien, ni a evitar la dispersión, de las fábricas y las comunidades humanas, ni a crear ciudades vivibles, donde no haya pocas zonas ricas codiciadas y otras muchas desechadas. Donde la urbanización no sea siempre precaria, como las condiciones de vida de sus habitantes. Las leyes y las políticas buscan evitarlo, pero no lo consiguen. De hecho, aunque quisieran tampoco podrían. Quizás, o mejor dicho muy probablemente, por este motivo no se “obligan” a resolverlo. Solo lo intentan. Y eso está bien. Es necesario. Pero no es suficiente. Como tampoco lo son los recursos que se destinan a planificar la ciudad, y a conocerla mejor.

Más arriba de las políticas y las leyes me pregunto dónde buscar. Entonces, vuelvo al pacto, al Tratado transnacional, y observo de nuevo El Paso, tras el río, tras el muro de la frontera. Y me pregunto: ¿Qué falta por aprender? La respuesta parece que está ahí. Es el orden geopolítico del gran capital, que busca sobrevivir, cuando le llaman invertir y obtener beneficios, para que no se los quede otro, donde El Paso está en una posición más favorable, sin ser la ideal. Y esta idea es demasiado simple. Es simple, y problemática. Especialmente, porque no considera el impacto urbano, o económico, de todos los pactos que la envuelven.

¿Quién se preocupa, verdaderamente, de las ciudades? ¿Y de Ciudad Juárez? ¿o de la frontera entre dos mundos que la separa de El Paso?

¿Qué se puede hacer? ¿Hacia dónde debemos mirar? ¿Y seguir aprendiendo?

La solución, de algún modo, pasa por dejar de mirar y pasar a la acción. Para empezar, descubrir los hilos que tejen la ciudad, y la dirigen, y la planifican. Luego, para ayudarlos o, si procede, reforzarlos o incluso substituirlos para volverla a tejer. Y hacerlo mejor. Todo, sin perder de vista la simple y problemática idea geopolítica que mantiene en alerta a medio mundo: el comercio mundial en franca competencia, sin sentido, en tanto crea fronteras inmorales, y desigualdades capaces de crear desolación, violencia y una realidad demasiado provisional, mientras parece que todo va bien. Pero no es cierto, no va bien, pese a la extrema vigorosidad del comercio y todos los productos que nos ofrece.

Y, ¿cómo se puede tejer de nuevo la ciudad, con esta visión? La idea también es simple. Planificando mejor, redescubriendo la ciudad y su potencial plusvalía. Calcular la plusvalía y, entonces, usarla para el bien colectivo, no para especular con ella. Así, se hará un mejor uso del tan idealizado comercio, con beneficios colectivizados en el modelo urbano haciendo del suelo un bien, no un recurso para especular capaz de crear problemas. Quizás no será suficiente para corregir todas las contradicciones que contiene el comercio global, pero será, al menos, una batalla que se puede ganar y que, quien sabe, podrá abrir un debate más adecuado, donde se inicien nuevas propuestas. Sí, es posible, y necesario.

Tres años de un aprendizaje impagable, y razones para seguir aprendiendo.

Andreu Marfull, 6 de junio de 2021.

2 pensaments sobre “Tres años de un aprendizaje impagable

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