El origen de la Historia

Imagen anterior: Escuela de Atenas, de Rafael. Representación del imaginario griego medieval recreado en el Renacimiento, y trasladado a un pasado clásico ideal anterior a Cristo.

El origen de la Historia

Andreu Marfull Pujadas
26 de noviembre de 2019

Trabajo completo en el libro La Vía Cronológica, disponible en Amazon

La Historia no tiene miles de años documentados. Tiene un origen reciente. Se ha dilatado y sus fundamentos se basan en los llamados textos sagrados.

El hilo que teje la lógica de la dilatación de la historia tiene que ver con el tiempo de la creación de las escuelas espirituales que desarrollaron el lenguaje simbólico de las deidades y, luego, pusieron en conflicto la dicotomía entre el deseo de apoderar la conciencia humana, o, de lo contrario, controlarla. Todo ello empezó mientras poderes de raíz imperial, procedentes de Egipto, que estaban asociados a unos linajes principales, se repartían el mundo, antes del proyecto unificador de Jesús transformado en el Mesías. Pero este relato, que bien puede comprenderse como un largo y complejo proceso de difícil reconstrucción, tiene la peculiaridad que duró apenas unos siglos y, por el camino, dilató la historia real de un modo rudimentario, de modo que es posible reconstruir cuándo, cómo y por qué ocurrió. Acorde con la neocronología de Fomenko y Nosovskiy, todo este proceso tuvo lugar en el tiempo real que, con el calendario oficial, equivaldría al intervalo de los siglos doce al dieciocho “después de Cristo”.

Mientras el proceso civilizador hacía su curso y se repartían las tierras y los poderes del mundo, se documentó la epopeya de esta ocupación, a la par que se construyó una tradición narrativa que, a medida que se fue transmitiendo, creó un pasado mítico sobre hechos recientes, en la forma de leyes y textos sagrados y, por otro lado, mediante leyendas que acabaron por convertirse en libros de historia. Este proceso se inició a modo de relatos simbólicos, que permitieron crear unas determinadas escuelas o cosmovisiones, pero luego se erigieron voces que las dotaron de veracidad. En un camino errático y a su vez intenso en producción de ideas y conocimiento, se construyeron leyendas, héroes, e iconos a los que se les vistió de autenticidad histórica, a la vez que se crearon deidades y crónicas asociadas a ellos para dar respuestas a todas las cuestiones que sobrepasaban a la capacidad del entendimiento humano.

Cuando apareció la historia se crearon poderes simbólicos, y éstos combatieron entre sí, hasta que se optó por crear crónicas definitivas, y cosmovisiones unitarias, desde el epicentro de cada autoridad sacerdotal dominante. Fue una ocasión única, en que fue posible modelar la memoria humana, pero la dispersión de proyectos fue inevitable. Se iniciaron distintas escuelas historiográficas con distintas vocaciones sacerdotales, construyendo a su vez distintos iconos espirituales. A su vez, con la vocación de dotar estos imaginarios del poder de la eternidad, se iniciaron los calendarios, que se remontaron falsamente hasta el imaginario de la creación del mundo.

Esta obra colectiva contó con la complicidad de las élites al servicio de los gobernantes, que entonces, junto a  los cuerpos sacerdotales, acumulaban un poder ilimitado y el control absoluto de la obra escrita. Allí empezó el abismo cronológico entre la verdad y la ficción.

Desde distintos lugares se añadieron cientos y miles de años a los textos sagrados, y se dio pie a la necesidad de crear una o varias historias asociadas. De este modo, en base a una intensa tradición narrativa basada en hechos recientes, que ya había iniciado su idealización, se creó el imaginario de miles de años de historia documentada. Primero se fueron creando mitos y leyendas, como los de los orígenes de los poderes de los linajes de los gobernantes, y luego llegó el turno a la historia “robusta”. Pero la manipulación definitiva estaba a medio hacer. Acorde con la variante neocronológica X-185, en medio de una obra inconclusa, en un momento de crisis del imperio original, fracturado, que había creado diversas obras historiográficas asociadas a distintos calendarios, se optó por reconstruir el imperio junto a la historia, globalmente y, de paso, se concibió la idea de reforzar un único y principal icono espiritual: un Mesías redentor. Con él se inició el proyecto de la colonización cristiana y del Vaticano, y se empezó a articular las raíces definitivas de la actual historia oficial.

Se reconstruyó definitivamente un pasado dilatado con el fin de instaurar un orden universal que:

  1. suplantara una variedad politeísta que había que sacrificar;
  2. trasladara el poder divino de los emperadores a un icono controlado por la iglesia; y
  3. otorgara los máximos poderes a un símbolo unificador de un dios hecho hombre.

Por el camino, se falsearon archivos, fuentes arqueológicas, genealogías y libros, a los que se añadieron falsos autores de estas falsas obras, y se destruyó todo aquello que se le interpuso. Incluso, se añadieron los siglos dieciséis y diecisiete, para amoldar el pasado inmediato al nuevo orden histórico, desvinculando los siglos quince y diecisiete, en un proceso que se materializó en el siglo dieciocho oficial. Por esta razón, no es hasta el siglo diecinueve que se crea la academia científica de la historia, sobre un mapa cronológico incorrecto, que nadie osa cuestionar. Y, por esta razón, la Biblia católica, por deseo y mandato del Vaticano, no se puede interpretar. Hacerlo podría dar pie a abrir el camino de la reconstrucción de la historia real, y esta opción pondría en crisis el fundamento de su razón de ser: la autoridad de la Roma italiana, de Cristo, de la Iglesia cristiana y de la propia Biblia.

Es decir, hará ocho siglos que la civilización humana inició el periplo de su desarrollo, y durante seis siglos escribió una historia que ha sido el fundamento de los miles de años de historia oficial, erróneamente documentada. Por el camino, una cultura principal, la egipcia, se expandió por medio mundo con ejércitos caucásicos, hasta llegar a América, y se fusionó con otros pueblos que, conjuntamente, mutaron sus símbolos. El cristianismo es una de sus versiones, que enlaza con el culto a la reencarnación de las almas egipcio, pero también lo son el resto de escuelas espirituales de Eurasia e, incluso, el simbolismo del culto al sol, a la luna y al firmamento de las civilizaciones americanas. Pero este orden se alteró, y evolucionó, hasta que dos grandes bloques y tres grandes escuelas tensaron sus relaciones desde el seno de la “tierra santa” egipcia, y empezó, hará tres siglos, el proyecto evangelizador colonial desde el seno de Europa. No empezó cinco siglos atrás, como dice la historia oficial, porque se ha alterado el pasado reciente. Por esta razón, y no por otra, Europa interviene, saquea y reescribe la historia de Egipto entre los siglos diecinueve y veinte, y en paralelo reconstruye su propia tradición “clásica” colocando obeliscos en el corazón del Vaticano y en casi todas sus ciudades. Por el camino, numerosos pueblos afines al imperio original sucumben, como el armenio, el judío y el gitano, que son objeto de respectivos genocidios, y otros muchos son estigmatizados e intervenidos, algunos con más suerte que otros, por parte del brazo censor de la Santa Inquisición, del proyecto colonizador y de la lucha y la corrupción generalizada de los poderes del mundo.

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