Cosmos, Mente y Religión

Imagen anterior: “Templo de las Inscripciones” en el yacimiento de Palenque (Chiapas, México). Fuente: Jan Harenburg (Wikipedia).

Cosmos, Mente y Religión

Andreu Marfull Pujadas
25 de noviembre  de 2019

Artículo publicado en el diario El País Costa Rica, el día 25 de noviembre de 2019 (clicar).

Desde hace décadas, el mundo científico está destinando recursos y esfuerzos mayúsculos para encontrar otros planetas con vida, a la vez que busca el modo de captar señales de la existencia de inteligencia en el espacio, por lo que la vida extraterrestre no se pone en duda. Por otro lado, la comunidad humana desea experimentar dicho encuentro, y muchos afirman haberlo vivido en persona. Es decir, coexiste una corriente racional que desarrolla la ciencia con miras a contactar con otros mundos, sin éxito todavía, que convive con la corriente especulativa de quienes afirman haber tenido contacto con alienígenas, visual e incluso físico, y alimentan la cultura del espectáculo contemporáneo, entre los cuales se ha construido el imaginario de que unos seres vinieron hace miles de años y construyeron templos monumentales para rendir culto a los dioses. En este sentido, la idea de un contacto anterior tiene su parte de fundamento lógico, porque es una posibilidad, pero la lógica de la revisión de la historia, y la posibilidad de reubicar estos templos en una era con mayor desarrollo tecnológico, se descarta. Y se descarta por dos razones fundamentales. La primera es que la historia oficial no lo permite, y la segunda es que tampoco lo permite el culto a la espiritualidad humana, que se aferra a tergiversar sus orígenes para integrarse a la “eternidad”.

Detrás de este culto al espacio se esconde, en el inconsciente colectivo, la “mano de Dios”, de un poder cósmico que rige las leyes del Universo, y dicho poder participa del poderoso imaginario que la mente humana genera cuando se hace grandes preguntas para las cuales no tiene respuestas adecuadas. De este modo, se está construyendo un puente entre los misterios religiosos tradicionales y nuevas respuestas de carácter místico a la existencia, que en el caso del cristianismo vuelven a la contemplación de la mente, acercándose de nuevo a las escuelas espirituales orientales. De este modo, sin renunciar a Dios ni a la escuela cristiana que aparece bajo la figura de Jesucristo, se tiende a desarrollar un renovado gnosticismo unificador. La introspección científica al comportamiento de la psique humana, que se desarrolla a finales del siglo diecinueve en nombre de la psiquiatría, ha dado paso a una psicología analítica que, en cierto modo, ha sido como un bálsamo espiritual para la religión cristiana. En 1938, Carl Gustav Jung, con su obra Psicología y religión, desarrolla de un modo brillante esta relación. Cosmos, Mente y Religión nunca han dejado de estar unidos, del mismo modo que siempre lo han estado el conjunto de escuelas espirituales del mundo, en los que la experiencia interior del culto a los dioses son su representación más genuina. El culto a los dioses se inicia mediante la contemplación del firmamento y el culto al sol y a la luna, así como a los demás planetas, que son el origen común de la astrología y la astronomía.

Antes de crear los dioses y los profetas, el ser humano pone nombre a los astros celestes, y les da significado, y es en honor a ellos que construye el imaginario simbólico que, junto el culto a los seres vivos y al misterio de la reproducción, o fertilidad, acaba dando un sentido a la existencia misma, y construye a su alrededor escuelas sacerdotales y/o espirituales a través de las cuales se crean espacios o cosmovisiones óptimas para el desarrollo civilizatorio. La luz, las estrellas, el sol, la luna, el brillo del oro y la plata, y las coronas, lucen en la simbología cristiana y en el resto de religiones como manifestaciones de este simbolismo que, con el desarrollo de la ciencia, tiende a moldearse hacia nuevas expresiones. En este sentido, seguir este hilo argumental permite seguir los pasos de la construcción de los imperios sacerdotales que dan forma a grandes y monumentales templos, pero, del mismo modo que ocurre con otras evidencias desatendidas por la crítica historiográfica, se sigue la tendencia colectiva de mantener la firmeza de los textos sagrados y de la historia clásica. Antes de darles otra explicación, antes de despojarlos de su carácter de eternidad universal, el ser humano prefiere, por lo general, darle otra explicación que, en este caso, supere en universalidad a las escuelas teológicas. La opción de reducir el origen de este culto al firmamento divino a una idea reciente, y relacionarlo con una etapa previa al nacimiento de la astrología científica, no se contempla.

La investigación de la duda cronológica no cuenta con el apoyo de los historiadores ni con el de los sacerdotes, que custodian los textos sagrados, por poderosas razones. Pero, más allá de tratarse de una amenaza ante quienes han construido sus identidades ideológicas y/o profesionales, lo cierto es que trasciende a historiadores y sacerdotes, en la medida que puede considerarse como un patrimonio colectivo al que la sociedad se aferra, de modo que la resistencia cuenta con un apoyo abrumador.

Alrededor de la historia se ha construido la diversidad religiosa y el patrimonio cultural que representa a nuestras identidades colectivas, de las que todos formamos parte y, renunciar a ellas, o tener que despojarlas de sus fundamentos para transformarlas en otras identidades, es como reconocer que no somos lo que creemos que somos. Es un desafío intelectual que altera, incluso, parafraseando a Jung, el constructo arquetípico que alimenta nuestro inconsciente colectivo. Es decir, la historia no es sólo una narración, sino que, a modo de un texto sagrado, es la fuente del conjunto de mitos, iconos y símbolos que alimentan nuestra imaginación, de la que colectivamente participamos. Además, la historia alternativa desmitifica gran parte de su magnificencia, desmitifica a los textos sagrados, que se humanizan, y desata el rostro indeseado de la corrupción y el engaño colectivizado ante quienes hemos delegado el templo del saber y la fe. En cierto modo, parafraseando a Sigmund Freud, este cambio indeseado se siente como un tabú para la conciencia colectiva, que se resiste a renunciar a su tótem memorístico, a su identidad, que la historia y el conocimiento acumulado le otorga.

Ciertamente, existe una crítica razonada al historicismo, que aparece en el siglo veinte, así como variados estudios que exploran la falsificación arqueológica y documental asociada, que aparecen a lo largo de los últimos siglos. Pero apenas existe un debate al respecto que apunte a razones estatales y/o imperiales o sacerdotales, que estén detrás de esta manipulación deliberada. Por ejemplo, destaca la evidencia de la resistencia a explorar a fondo el alcance real de la destrucción de libros y la censura asociada a la Santa Inquisición, cuya fuente documental se encuentra, oficialmente, en el Archivo Apostólico Vaticano (hasta el 2019 llamado Archivo Secreto Vaticano); y cuya conciencia descansa sobre la Congregación para la Doctrina de la Fe (hasta el 1988 llamada Sagrada Congregación de la Romana y Universal Inquisición), que desde el año 1542 sustituye a la Santa Inquisición medieval. Por otro lado, destaca la ingente destrucción de las obras, bibliotecas, templos y símbolos que poderes -siempre intrusos- han ocasionado en nombre del derecho de conquista, en los últimos siglos. Se conoce esta realidad, y a puerta cerrada existe el convencimiento común de que realmente se desconoce su alcance, que bien podría ser mayúsculo, pero no existe ningún debate global al respecto. Todo ello se considera sumamente delicado, y con la carga de esta impresión se opta por mirar hacia otro lado.

Alterar la historia, y el tiempo que la ordena, es un ejercicio que difícilmente puede desenvolverse entre las clases populares, que son el público objetivo principal de los academicistas, y quienes los convierten en referentes culturales. El “sentido común” no lo tolera, salvo que quien piense en ello tenga razones para dudar de la historia, y de su rigor, en un sentido amplio, y esté dispuesto/a a llegar al fondo, asumiendo todas sus consecuencias. Es decir, por un lado, pocas personas alcanzan la duda cronológica por voluntad propia, salvo que desde espacios como el cientifismo, el estudio comprometido o la observación directa de la manipulación de la realidad hayan llegado a la conclusión de que existe un engaño, o un grave error. Y, por otro, quienes lo investigan se encuentran solos ante tal desafío, y esta anomalía coyuntural los obliga a camuflar o bien el alcance de sus resultados o bien su propia identidad.  Por esta razón, son personajes excepcionales quienes han desarrollado la lógica de la duda científica razonable, constatable, del rigor del mapa cronológico, pero muy pocos han hablado públicamente de ello. Su motivación no es crear otra cosmovisión, ni racionalizar la tergiversada comunión mística entre el Cosmos, la Mente y la Religión, de eso se encarga la inercia colectivizadora. Su motivación es, sencillamente, dar respuestas lógicas a dudas razonadas, y explorar su veracidad hasta donde les sea posible, lidiando con la incredulidad humana y su enorme potencial de manipulación.

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