Una época que desaparece [1948]

Se puede decir que en menos de un siglo nace, llega a su apogeo y desaparece este medio de transporte, en Barcelona. Cuando, en 1848, los patricios que crearon el Teatro del Liceo sugieren, al Ayuntamiento, que cree una gran plaza en frente de él, tropiezan con la resistencia del alcalde, que alega que, no existiendo en Barcelona más que catorce coches particulares, no hay razón que justifique aquella reforma urbana. En 1948 los coches particulares, en nuestra ciudad, no llegan ni siquiera a aquella cifra; hoy día, cuando alguno pasa, la gente se lo muestra poco menos que como una especie antidiluviana desaparecida. ¡Ah!, pero estos sesenta o setenta años que duró la costumbre – o si queréis, la moda – del coche, alcanzó alturas insospechadas e influyó profundamente en la vida de la ciudad. ¡Suprimid, por un momento, el coche, y cae por su base toda la vida social de los años que median entre la Exposición Universal de 1888 y la hecatombe mundial de 1914-18. Ni Paseo de Gracia, ni ferias de Santo Tomás, ni carreras de caballos, ni Concurso Hípico, ni Principal, ni Liceo, ni siquiera Exposición Universal…. La vida social de Barcelonase había adaptado al coche: desde las visitas de cumoplido, y los domingos en el Paseo de la Bonanova y en las torres de Sarrià y de San Gervasio. Dicho está que, con sólo los coches particulares – que, según tengo entendido no rebasaron el número de cuatrocientos, en sus mejores tiempos – no podía hacerse frente al movimiento ciudadano; ni aún con los de alquiler, ya que, en el último tercio del siglo XIX las cocherías eran pocas y no muy bien surtidas. … Fué aquél, el momento del coche, en el que no era casi posible distinguir el coche particular del de alquiler, pues tal estaban de atendidos y cuidados éstos, que veces aventajavan a los otros. Para que el lector pueda hacerse cargo de la perfección a que llegaron ciertos servicios, basta indicar que los hermanos Casany – que llegaron a tener hasta un centenar de caballos en sus inmensas sucursales -, contrataban abonos, a su cargo, comprando tronco de caballos y carruajes a gusto del cliente, con sus iniciales o armas en guarniciones y portezuelas, renovando uno y otros cada cinco años, por la cantidad, hoy día irrisoria, de 625 pesetas mensuales. Como detalle curioso puede consignarse que las libreas de cocheros y lacayos estaban confeccionadas por Carrera, y las botas altas por Sais, uno de los mejores zapateros de la época. Aquella fué la edad de oro del Paseo de Grácia, por el que los domingos por la tarde – singularmente en primavera – desfilaban los coches a cuatro hileras de fondo, y era tal la aglomeración, que se requería casi una hora para dar una vuelta al paseo desde la Plaza Cataluña hasta la calle de Rosellón. Ciertamente: ¿quién no iba a darse el gusto de alquilar un coche “de lujo” cuando, por los de un caballo se pagaban 20 pesetas y por los de dos caballos 30 por toda una tarde de domingo?…. Hasta tal punto llegó a dominar el coche de alquiler que, con excepción del Capitán General y del Obispo, ninguna autoridad lo tenía de propiedad; ni el Alcalde, ni el Presidente de la Diputación, ni el Gobernador Civil, ni el Presidente de la Audiencia; todos pagaban tributo a alguna de aquellas dos grandes agrupaciones – de los hermanos Casany – ; lo único que era propiedad de las autoridades respectivas, era el galón de plata o de oro y las escarapelas que llevaban el cochero y el lacayo en sus sombreros. En los primeros años del siglo XX apareció el primer automóvil. Los cocheros lo despreciaron olímpicamente; no podían recelar que aquél aparato, entonces ruidoso y maloliente, tenía que barrerles de la circulación y cambiar la vida y las costumbres de la ciudad.

(orígen i autor de la publicació desconegut, potser era un article del Diario de Barcelona)

1948

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