La gallina petirroja

EJERCICIO DEL COLEGIO – Sixième (Sexto)

Punto de partida: la referencia de Soledad Puértolas al cuento:

“Se trataba de una pobre gallina petirroja a quien los hombres y todos los otros animales maltrataban en el corral. Pero finalmente se escapaba del corral y fundaba una familia. Alcanzó la felicidad y fue un ejemplo para todos. El relato ha venido a mi memoria envuelto en la atmósfera del cuarto rojo del piso de la abuela, rojo como el pecho de la gallina que primero fue muy desgraciada y después alcanzó la felicidad.
Éste es el cuento que aprendí a leer. Y el tifus de la enfermedad que me enseñó que, pasados uno o dos meses sin andar, el cuerpo se olvida de cómo se anda. La gallina petirroja aprendió, después de pasar unos años recluida en un corral en el que era maltratada, a ser libre y feliz y generosa. Los cuentos deben terminar bien. Todo tendría que terminar bien.”

Consignas para la redacción:

  • Relatar en tiempo pasado (pretérito imperfecto y pretérito indefinido)
  • No usar diálogos (el estilo indirecto está permitido, y también la reproducción de los pensamientos de los personajes, entre comillas)
  • Dedicar especial atención a la expresión de las emociones del personaje protagonista, evitando repeticiones de términos o de fórmulas.

REDACCIÓN

¿Sabéis aquellas personas que cambian su vida para hacerla más feliz? Pues la gallina petirroja es una de ellas. Todo empezó cuando la gallina petirroja era pequeña. Vivía en un corral lleno de ocas, gansos y gallinas. Como os podéis imaginar, también había un gallo. El corral estaba repartido en zonas que habían creado el gallo los otros machos del corral.

El corral estaba situado en una granja en la que, además del corral también vivían unos cerdos y unas vacas. Un poco lejos, había unos caballos y un rebaño de ovejas. Entre las tres partes de la granja, había la casa de los dueños de la granja. Encima de su casa había otra casa, más pequeña, en la que llevaban cada año (los dueños lo llamaban navidad) un pollito joven. A veces eran gansos, a veces eran pollos y a veces eran ocas. El problema era que nunca volvían. Por eso el corral les llamaba “la casa de la evaporación del corral”. La palabra “evaporación” venía del humo negro de un tubo de piedra que había encima de “la casa de la evaporación del corral”. A veces, los dueños de la granja llevaban el corral y el rebaño de ovejas en una pradera cercana en la que unos patos se habían instalado en el lago que había allí. Antes también llevaban los caballos, pero se quitaron esa idea de la cabeza porqué algunas aves acababan aplastadas. La gallina petirroja vivía con su madre apartada del resto del corral y maltratada por la granja. El gallo, que las consideraba inferiores, tuvo el lujo de permitirse de encerrarlas a causa de su pecho petirrojo. Estimaba que las gallinas tenían que tener todo su cuerpo del mismo color, menos sus cabeza, roja, símbolo de respeto al gallo.

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De la tristeza, su madre sólo ponía huevos sin pollito, menos el de la gallina petirroja, claro, sino no hubiera nacido. Cada mañana los gansos venían a “despertarlas” con un ruido espantoso. De vez en cuando, los otros pollitos venían a insultarlas un rato. Cuando los dueños las sacaban a pasear, las ovejas las empujaban con sus cuernos. Cuando estaban en el patio del corral, comiendo solas, con un horario diferente de las otras aves, los cerdos gruñían dándoles un susto pesadísimo que les hacia jactarse de risa, y las vacas las afueteaban con sus colas como si fueran vulgares moscas. Las ocas eran tan distraídas que no sabían que existían. La gallina petirroja sufría mucho, pero con su madre al lado, se sentía más segura. Por desgracia, un día su madre murió. La gallina petirroja lloró mucho, no como el gallo, su hermano, que también era hijo de la madre de la gallina perirroja. Para consolarse, la gallina petirroja siguió con la mirada el caminito de agua que formaban sus lágrimas. El caminito llegó a una jaula en que estaba encerrado un pollito. Debía haber nacido hace poco, porqué no lo había visto nunca. La jaula en la que estaba encerrado estaba destinada a ir a “la casa de la evaporación del corral”, y por su cara de tristeza, debía saberlo.

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Miró a su alrededor y se exclamó: “¡Suerte!”, mientras que veía las llaves bastante cerca de su “jaula”. Sacó la cabeza y cogió las llaves. Le costó un poco retirar la cabeza, pero al final lo consiguió. La gallina petirroja, o más bien dicho la pollita petirroja, además de ser la maltratada del corral, también era la espabilada del corral. Abrió su “jaula” y fue a charlotear con el pollito de la jaula, curiosa, para saber quién era. Después de hablar un rato, la pollita petirroja descubrió que aquel pollito se llamaba Luís. Lo encontró simpático y lo desató, porqué sino lo hubiera dejado tal cual en recuerdo de los pollitos insultones. Se escaparon de la granja. Por mala suerte, en ese momento había una capa de nieve que les dificultaba caminar.

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Decidieron ir al bosque de las secuoyas, unos árboles gigantes de 100 metros. Harían falta dieciséis personas para rodear uno de ellos. Como era de noche, entraron en el agujero seco del árbol más cercano y se encontraron allí dentro un grupo de petauros de azúcar, apelotonados como unos jugadores de rugby. Se despertaron y los echaron diciéndoles que la entrada no era gratis. Cuando de reconciliaron, uno de ellos le dijo a Luís y a la pollita petirroja que iban en dirección contraria, que el bosque estaba detrás de las montañas nevadas. Los dos amigos se pusieron en marcha y pronto llegaron al árbol más cercano. Después de tres días de camino, Luís y la pollita petirroja, llegaron al pie de la montaña del bosque. Sin dudar, empezaron a caminar encima de la montaña nevada. Después de dos horas de “excursión”, una cabra les impidió pasar. Los amenazó diciendo que si pasaban, su cólera se levantaría y los aplastaría. Los dos amigos, burlándose de la amenaza, le dieron la espalda y dijeron a la cabra: “¡¡a ver si nos pillas!!”, moviendo la cola. Y se fueron corriendo.

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La cabra empezó a correr tras ellos. En un momento en que estaban todos corriendo, los dos pollitos se separaron para no darse con un árbol, cosa que no impidió a la cabra de estrellarse con él. Los dos amigos, más tranquilos, continuaron su camino. Diez minutos más tarde, la cabra volvió a pisarles los talones, y entraron en una gruta. Cuando la cabra estaba cruzando la puerta, unos rayos la electrocutaron y cayó muerta al suelo. En cambio, los dos amigos ya habían empezado a caminar en un túnel que habían encontrado en la gruta. Cuando llegaron al final del túnel, encontraron un cisne sentado en una nube de luz. Este cisne era “el sabio” de la montaña. Justo cuando entraron, el cisne dijo: “Sé porqué estáis aquí. Id a la legendaria isla de las ciruelas, el país de las aves. Los peligros a veces son la llave del problema”. Entonces, desapareció todo.

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Los dos amigos se entraban delante del bosque de las secuoyas. Detrás de ellos había un tobogán enorme, y viéndolo, los dos pollitos empezaron a quejarse diciendo que les habría gustado bajar en tobogán. Cuando vieron que al comienzo del tobogán se formaban unos pinchos de hielo se dieron prisa en retirarlo. Después de comer un poco, Luís y la pollita petirroja entraron en el bosque. Cuando llego la tarde unos zorros los atacaron. Se metieron a correr y se cayeron en un agujero que les condujo delante de unos mamuts. Ellos dijeron que para pasar tendrían que resolver una adivinanza: “Somos gemelas, delicadas como mariposas y en un abrir y cerrar de ojos, podemos hacer desaparecer el mundo”. Los dos amigos respondieron: “¡los párpados!”. Y tenían razón. Los cuatro enormes mamuts marrones como el chocolate con leche les dejaron pasar. Una cría de mamut de color blanco como la nieve les indicó el camino que tenían que seguir para ir al lago de las lágrimas.

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Al llegar al lago de las lágrimas, vieron la isla de las ciruelas en medio del lago. Buscaron un bote para llegar allí. Pero no había. Fue tan fuerte su desesperación que empezó a llorar. Cuando sus lágrimas tocaron el agua del lago, se convirtieron en dos delfines que les invitaron de inmediato a subir a su espalda. Los dos pollitos, ya gallo y gallina, montaron en su espalda con gusto. Cuando llegaron a la isla de las ciruelas, los delfines se pararon y los dos amigos fueron tirados en la isla, lo que provocó la caída de unas ciruelas. La gallina petirroja cogió una ciruela para comérsela, pero cuando la cogió, una puerta se abrió y dejó paso al país de las aves.

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Allí, la gallina petirroja se hizo escritora y vivió con su familia (el gallo Luís y sus cincuenta pollitos). Era una hermosa casa. Gracias a los peligros y a la falta de comida en el suelo, pudieron desarrollar el vuelo.

La casa de la gallina y su familia:

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La gallina petrirroja aprendió, después de pasar unos años recluida en un corral, en el que era maltratada, a ser libre y feliz y generosa.

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Damià, 10 años

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