Israel espera al Rey David

Imagen anterior: “David”, de Miguel Ángel. Fotografía: Jörg Bittner Unna.

ISRAEL ESPERA AL REY DAVID

Trabajo asociado: La fiesta del Janucá, o de las Luces, publicado en el diario EL PAÍS COSTA RICA, el 24 de diciembre de 2019.

Texto publicado en la web oficial de la Nueva Cronología de Fomenko y Nosovskiy.

Esta es la historia de los textos sagrados, y de su transformación en hechos históricos, que tuvo lugar hace pocos siglos, muchos menos de los que podemos razonar. El tema es sencillo, más de lo que puede parecer a primera instancia, pero no lo es aceptar todo lo que implica. Por esta razón, lo más difícil es introducirlo, y pensar en cómo se puede hacer comprensible. De hecho, se puede comenzar desde cualquiera de los hilos históricos existentes en la conciencia colectiva, y esto no representa ningún problema. Es decir, si el oyente es cristiano y europeo se le puede introducir invitándole a repensar la historia de la Europa cristiana; o si el oyente es musulmán y egipcio se le puede invitar a repensar por qué la historia de Egipto se reescribe desde el siglo diecinueve, y no antes. Pero esto tiene un inconveniente importante, o, mejor dicho, muchos. De forma generalizada, pocas son las personas que están dispuestas a escuchar una explicación que afirma que la historia oficial es una recreación simbólica que hay que rehacer integralmente, de arriba abajo, y aún son más pocas las que están dispuestas a aceptar que todo el simbolismo sagrado de las grandes religiones del mundo tiene un hilo conductor común que comienza hace menos de mil años atrás, y no antes. Y, también de forma generalizada, atendiendo a la conciencia establecida que cada pueblo o nación, cultura o religión, tiene de sí misma, habría que hacer un esfuerzo diferenciado para cada uno de ellos, de forma específica, y adaptarlo a cada caso particular, ya que las nociones de la historia son siempre fragmentadas, personales y únicas. Por tanto, ante esta abrumadora evidencia, que dice que no hay una receta hecha a medida de todos, lo primero que se plantea es, realmente, por donde se empieza. Pues bien, de acuerdo con este planteamiento, lo más razonable es comenzar por el principio, pero no por un principio cualquiera, porque todo principio requiere de un contexto que siempre es relativo a algún espacio y a algún tiempo, que hay que acotar. Y se puede empezar, por ejemplo, para dar sentido al punto más sensible del mundo: Jerusalén, reconocida como el lugar donde se encuentra el templo común de las tres grandes religiones monoteístas: el judaísmo, el cristianismo y el islam, que los textos sagrados hacen la capital de Israel. La elección de este lugar, tal como aquí se narra, sobrepasa, por otro lado, el significado que oficialmente tiene.

Para empezar, allí, en Jerusalén, desde determinado momento histórico, no se encuentra una capital, sino un sepulcro, y su nombre significa “paz sagrada”. Es un sepulcro que conmemora a un gran emperador, y a la paz que se estableció en su honor. La fiesta de la Janucá honora este acontecimiento. Y se encuentra junto a Egipto porque su poder proviene de allí, de su proyecto expansivo. Esta información hay que entenderla como una certeza, si bien no hay ninguna evidencia irrefutable que lo corrobore, y por eso hay que ser prudente. Pero no por ello hay que huir de ella, y abandonarla, por inconsistente. Al contrario. Es consistente, y mucho, y se merece una explicación. Aquí se le da una que, a su vez, está apoyada por una base sólida que, sin embargo, es imprescindible extender poco a poco.

El Santo Sepulcro de Jerusalén es el testimonio del primer gran templo dedicado a un solo emperador por la gloria de un solo Dios, el del imperio del gran Israel. Allí se glorificó al emperador que lo hizo posible, el Rey David, el mayor Rey de Israel, antes de ser sustituido por el último rey de los judíos: Jesucristo. Pero David no fue el bíblico, sino el Gran Kan y el símbolo de su linaje, en el que destaca su nieto, Batu Kan, el conquistador de Europa, y sus raíces hebreas asociadas al Preste Juan. Ciertamente, esta no es una versión tolerada por los estamentos oficiales, ni compatible con la idea que tenemos, todos, de estos personajes. Pero, en cambio, se puede seguir el hilo en los textos sagrados, y en el relato histórico. Por esta razón, en el monte Moriah se rinde culto a la alianza entre Dios y el linaje de Abraham, al Templo de Salomón y al profeta Mahoma. Todos hacen referencia a este personaje, realmente. Y, por esta razón, las tres grandes religiones de raíz hebraica custodian la ciudad santa de Jerusalén.

Ahora bien, no todas las grandes religiones entienden el poder de Dios, y su autoridad, de la misma forma. ¿Por qué? porque han diferenciado el culto a sus respectivos profetas, y, a pesar de identificarse como hijos del mismo Dios, siendo fieles al mismo libro principal, esto los ha dividido. El islam, por ejemplo, honra al profeta Mahoma, un caudillo liberador, y a Jesús, especialmente. El judaísmo honra a varios caudillos, también, a los que considera profetas, y al linaje bíblico. Y el cristianismo a un rey, al que hace hijo del Dios padre, sin hacerlo caudillo y gobernador real de ejércitos militares. Lo hace líder evangelizador en nombre de la paz y con la autoridad del amor del Dios padre, y, a diferencia de los demás, le extrae todo vínculo con cualquier descendencia, a pesar de la ingente voluntad de la nobleza cristiana europea de hacerse vínculos de sangre, destacando el culto a María Magdalena, que se mantiene vivo desde la Provenza. En cierto modo, todos hablan de poderes políticos y de personajes asociados a linajes elegidos por Dios para extender su gloria, a los que se pone coronas, al estilo de la Edad Media, por lo que es evidente la correlación entre los poderes simbólicos terrenales y los divinos. Pero la historia oficial los ha enviado al pasado, y los ha separado, conscientemente, de toda correlación realmente documentada con la Edad Media. Tanto es que las fuentes documentales aparezcan entonces, es decir hace pocos siglos, y que el máximo esplendor de la autoridad judía se sitúe en el eje Provenza-Cataluña de los siglos doce y catorce oficiales. Tanto es que esta etapa coincida con la Orden del Templo de Salomón y con el papado de Aviñón. Y tanto es que el emblema medieval de Aviñón sea la flor de lis, la misma que hace suya la monarquía franca y, de forma preferente, la catalana desde tiempos de Jaume II, el Justo. La historia oficial y su robusto orden cronológico impiden cualquier posibilidad de rehacer los puentes.

Pero (y esto es relevante), no todas estas comunidades interpretan los textos sagrados con la misma intencionalidad. En el trasfondo, se encuentra la evidencia no reconocida de que su significado no interesa a los nuevos poderes, y sí a los antiguos. Y comprender esta diferente intencionalidad permite darse cuenta de un hecho singular. El pueblo judío, que sería un pueblo original, como lo son el chino, el indio y el ruso, a quienes hay que añadir el egipcio, el etíope, el palestino, el sirio, el persa, el georgiano, el armenio, el kurdo, el turco y/o el griego, por no decir las comunidades o grandes civilizaciones de América y de África, está en mejores condiciones para asimilar la relevancia de este relato alternativo, en la forma que aquí se le da. Y, en el otro extremo se encuentra la comunidad cristiana, de forma especial la católica. Por esta razón, el judaísmo, tanto el rabínico como el caraíta (que sería la comunidad más fiel a sus verdaderas raíces), interpreta los textos sagrados. Y el catolicismo no lo permite, hace de ellos una lectura literal. Los primeros “saben”, con su tradición, que hay que interpretarlos. Los segundos, por las mismas razones, “saben” que no se debe hacer. No se debe hacer para digerir, al pie de la letra, la narrativa cronológica que aquí se fusiona, y que la historia oficial ha transformado en múltiples hechos aparentemente inconexos, que ha repartido a lo largo del tiempo dilatado. Pero la historia sagrada muestra los puentes, y los paralelismos, si se es capaz de hacer el ejercicio de fusionar hechos históricos, comprimirlos y desplazarlos al imaginario colectivo de la Edad Media.

Hecha esta introducción, sólo si ha sido aceptada, se puede seguir adelante en esta llave a la dimensión histórica, cronológica y simbólica que se complementa, se documenta y se argumenta, a continuación, bajo el prisma de la Cronología X-185, heredera de la Nueva Cronología de Fomenko y Nosovskiy.

La historia real está escrita, parabólicamente, en los textos sagrados, los que hay que iluminar y reubicar en un tiempo mucho más reciente. El resto de la historia, la oficial, hasta el siglo dieciocho, es una gran manipulación integral. Todo, absolutamente todo, se hizo para reconstruir el Templo de Salomón, cuando se destruyó, y, a su vez, se quiso crear un nuevo templo: el de Jesús, para toda la humanidad, desde la Roma italiana. Para ello, se invitó a los poderes de Aviñón, afines a los catalanes, con el encargo de reconstruir el “templo”, y con ellos se añadieron otras comunidades judías, inicialmente. Esta fue la voluntad del Papa Borja, que llevó allí el poder del Imperio Romano de Oriente, con la autoridad del Preste Juan de las Indias, el Kan espiritual, antes de ser mutado en la forma definitiva del Papa de Roma. De este modo, el poder de Aviñón, asociado a varias monarquías, fue trasladado a Roma y, con él, se desplazaron múltiples sinagogas, que crearon, conjuntamente, el proyecto del gran Vaticano. El poder de Aviñón nace, desde su inicio, como un proyecto salomónico, asociado al Imperio Romano de Oriente y a la Casa de Salomón, garante del Arca de la Alianza. Por esta razón, la Casa de Salomón de Etiopía aparece en el 1270 oficial, y Aviñón deviene sede pontificia (oficialmente) en el año 1271. Allí se asentaría una significativa autoridad hebrea, proveniente del mar Negro y, después, desde Egipto. Se asentaría especialmente desde Provenza a Barcelona. Se extendería por toda Europa y desde allí construiría gran parte de su tradición, tal como ha persistido en la memoria oficial, si bien en una dimensión muy superior a la reconocida. Allí se asientan los poderes de la Orden del Templo de Salomón, y luego los de la Orden de San Juan Bautista, de la misma manera que allí se haría la primera gran cruzada cristiana contra la propia cristiandad. Y todo este poder sería transformado, intervenido, siglos después. Todo está relacionado con una voluntad sobrevenida: la de rehacer unos poderes perdidos, y la de poner fin a la libertad de culto que hasta entonces se habría pactado, en nombre del templo salomónico, en honor a un solo Dios soberano y todopoderoso.

Comenzaba así el periplo de hacer de Roma el centro del mundo y la sede del imperio cristiano en la forma de un nuevo templo inspirado con el de Salomón. Todo se debía modificar, y había que trasladar allí a los poderes del Preste Juan, los únicos que reconocerían el resto de imperios de Eurasia. De este modo, tuvo lugar la primera gran mutación simbólica. El Kan Juan “bendijo” la llegada del Mesías, y se transformó en dos personajes: 1) Juan el Bautista; y 2) el Emperador de Etiopía, de la Casa de Salomón. El primero pasaría a formar parte del imaginario bíblico, y trasladaría su autoridad a Jesús (haciéndolos primos), y el segundo mantendría el poder en Etiopía, y la custodia del Arca de la Alianza, en Axum, porque había que preservarla, aunque se hiciera todo lo posible para desvincularla del Arca original, que desde entonces se daría por perdida. Él, o mejor dicho su poder, sería el artífice de esta mutación original, y daría su testimonio en el libro del Apocalipsis de Juan, el último texto sagrado. De este modo, la corte sacerdotal del último gran Kan, vinculada a Gengis Kan, quien la historiografía hace el primer gran soberano del mundo, haría su última gran obra.

Pero el proyecto fue una idea que acabó con una gran guerra, en la que los poderes liberados levantaron las armas, y con ella todo se modificó, cuando se impuso una paz forzada, como ocurre en todos los tratados de paz que ponen fin, aparentemente, los grandes conflictos. Desde entonces, Israel se convirtió un Reino sagrado, pero diminuto, incomprensiblemente idealizado. Y, ¿cuándo tuvo lugar este conflicto, realmente? Pues a lo largo del siglo diecisiete oficial, hasta el inicio del siglo dieciocho. Desde entonces, el templo de Israel pide recuperar su gloria, y la verdad, como la deberían pedir, también, las comunidades cristiana e islámica. Por esta razón, y no por ninguna otra, el sionismo político emerge en el siglo diecinueve, junto con la autoridad de la Casa de Salomón, en Etiopía, en una época en que el Papa de Roma acaba de perder el control de los Estados Pontificios, resultado de la “reunificación” italiana. 

Es decir, la historia real de los poderes simbólicos está asociada a un gran linaje, mucho más reciente de lo que se cree, que está en la raíz de un imperio original que se repartió el mundo, y que, por razones de poder, ha construido un mapa mental de la historia que, si bien está escrito con sentido parabólico, es eminentemente erróneo y un dolor de cabeza cuando se vislumbra el camino a su reconstrucción. Pero, de entre estos poderes originales hay uno especialmente mutilado, que ha construido, con su sentida tradición, la mayor resistencia a aceptar esta historia adulterada. El pueblo de Israel, atacado muy especialmente por parte del catolicismo, espera el regreso del Rey David, el verdadero, sin saber quién es realmente, y lo espera porque nunca ha dejado de hacerlo. A él pertenece parte del relato de la paz sagrada que se estableció con el antiguo Templo de Salomón, que se representa en la verdadera y gran Jerusalén, la capital simbólica de Israel, aunque el reino real representó, antiguamente, a todo el mundo, y, de forma muy especial, a los dominios de la Orden del Templo de Salomón. Y tal como lo espera lo encontrará, tarde o temprano.

“Israel espera al Rey David”… con este título se destaca el vínculo entre el conquistador Gengis Kan y el Rey David de Israel, tal como ha quedado escrito en la historia medieval. Pero se le da una interpretación. Toma de referencia el título del prefacio de la obra “Gengis Kan” que transcribe Michael Prawdin en 1938, y se vincula con el capítulo 11 del Apocalipsis bíblico, que a su vez reproduce (en la forma de una parábola) múltiples capítulos de los textos sagrados. ¿Por qué? Pues porque narran los mismos hechos, que tuvieron lugar hace pocos siglos, desafiando a la historia (“sagrada”) oficial.

Se trata del episodio que impuso el primer orden mundial jamás conocido, y que se selló con “el arca de la Alianza del templo de Dios en la Tierra”, en unos hechos que la historia oficial pone, sin reconocerlo, en los siglos doce y trece, y que la historia sagrada traslada a antes de Cristo. Pero ninguna de las ubicaciones temporales es correcta, hay que aceptar la primera y desplazarlo cerca de dos siglos más adelante, hasta los siglos catorce y quince. Los textos sagrados lo rememoran con tres grandes episodios (que no son los únicos): 1) el Arca de Noé; 2) el Arca de Moisés; y 3) el Arca de Salomón, que sería recordado como el hijo del Rey David. En las tres se pasa página y se crea una alianza entre Dios y la Humanidad, vinculada a un pueblo, el hebreo. La historia oficial medieval, en cambio, hace de ello la alianza entre los kanes persas y los caballeros de la orden templaria (el ejército papal), así como la alianza entre los genoveses y los Paleólogo, aliados con los condes de Provenza y los catalanes, en el siglo trece. Y, en el lugar del Kan, para la época medieval crea la gloria del Rey David de Georgia, y asocia este reino con el Imperio de Trebisonda, que luce el emblema del Imperio Romano, haciéndolo aliado con los nuevos poderes de Constantinopla. Y, para la antigüedad crea el personaje del gran Alejandro Magno, cuyos poderes fusionan a la gran Grecia con Persia y Egipto. A medio camino de ellos, para la gloria de Batu Kan, crea a los personajes de Atila y del gran Carlomagno, al que hace el fundador de los imperios franco y germánico, y quien recupera la gloria de la gran Roma, devolviendo la autoridad suprema al Papa. De forma oculta, el Vaticano hace referencia a él, a Batu Kan. 

De este modo, la historia oficial dice grandes verdades a medias, que realmente no se quieren borrar, pero lo reconstruye todo y se desvincula (aparentemente) de múltiples formas, y añade el periplo de un pueblo esclavo que ocupa Egipto desde entonces: los Mamelucos (que están en la raíz del pueblo gitano). ¿Por qué? Pues porque era una historia cruel de la que se quiso huir, y había que rehacerla para dar gracias a Dios y construir su templo en nombre de la paz y la sabiduría. El Apocalipsis bíblico nos lo transcribe. Los capítulos 10 y 11 de este libro son explícitos. Tal como dice el texto apocalíptico, todo pasó a en 1260 y, antes del Arca, hubo un episodio que se ocultó, en el que dos “testigos” fueron protagonistas. El Arca, sin lugar a dudas, fue un pacto entre dos grandes poderes, tutelado por un tercer poder, hebreo, aliado con el poder del imperio original, egipcio. Ellos fueron el testigo. Y el episodio que se ocultó fue la historia real, vinculada a la expansión mongol, que se acabó implantando en la India y en China, y está en la raíz del Imperio Otomano tal como reconoce la historia oficial, con la crónica de Gengis Kan y sus sucesores. Pero lo que no dice es que este linaje se repartió el poder del mundo conocido, y que esta es la autoridad verdadera del gran proyecto de Israel, de la lucha de un solo Dios, antes de ser desmantelado y ser reemplazado por el proyecto colonial, primero católico y universal, y, después del cisma, cristiano, en las diferentes aceptaciones que se han establecido. El proyecto fue, inicialmente, papal, y se alió con determinados poderes imperiales a los que delegó la misión de difundir el mensaje del Mesías, bajo la batuta de la Compañía de Jesús. Pero la empresa fue difícil, y alcanzó sólo una parte de su propósito. Modificó los orígenes de todos los grandes linajes, y dio la máxima autoridad a Jesús, pero no venció todos los iconos simbólicos asociados a los grandes profetas diferenciados a los que los pueblos habían idolatrado, haciéndolos mensajeros de Dios. Se puede modificar la historia, y se pueden alterar todos los archivos documentales, pero no es lo mismo pretender modificar las conciencias con su dimensión más íntima, que está a su vez colectivizada en nombre de las culturas y la devoción, estrechamente vinculada a determinadas identidades sociales, históricas y, incluso, nacionales.

Esta es la historia de los textos sagrados, asociados a un proyecto imperial, monumental y altamente simbólico, cuya deidad se impuso en todo el mundo conocido, hasta que se fracturó y uno de sus poderes vasallos lo quiso reconstruir, desde Europa. Haciéndolo falseó su pasado y con él construyeron nuevos poderes, en un proyecto de reconstrucción documental al que todos los poderes del mundo se rindieron, bajo la promesa de un reparto de tierras. Pero, con el tiempo, el pacto se desautorizó y dejó el rastro de múltiples anacronismos, de una historia dilatada y de una ingente falsificación de la realidad del pasado real.

Jugando con el mito y la ficción se ha construido el pasado y a su vez se vestido y se ha borrado, parcialmente, de la historia, su vínculo con los hechos reales. Pero la historia real está escrita parabólicamente, en una cronología muy dilatada. Los ejes principales se pueden descifrar y, en parte, demostrar, por tres razones. Una, porque nunca ha habido la intención de ocultarla. Dos, porque existen pruebas de su manipulación. Y tres, porque se ha dejado transcrito, pese a la censura, el modo de reescribirla. La Nueva Cronología de Fomenko y Nosovskiy sienta las bases de esta reconstrucción, mientras que su variante, conocida como la Cronología X-185, le acaba de dar forma. Como sus nombres apuntan, existe otro mapa cronológico sobre el cual comprender otra historia, muy distinta a la oficial.

De acuerdo con ambos trabajos, la construcción de la historia en un contexto temporal dilatado empieza en el siglo dieciséis, se acelera en el diecisiete y tiene su apogeo en el dieciocho, siendo los siglos diecinueve y veinte cuando se completa con contenidos “monumentales” en cuanto a su cantidad, detalle y extensión. Y todo lo ocurrido hasta el siglo diecinueve se debe poner en duda, del mismo modo que todos los métodos de datación, incluyendo el del Carbono-14, que se considera infalible pero no lo es. Toda su metodología se sustenta en tablas de calibración que consideran como válidas la existencia de muestras que se ajustan a un mapa cronológico que no se cuestiona. Y ello le induce a numerosos errores.

Lo cierto es que (pese a todo lo que representa) tanto los textos sagrados como la historia antigua se refieren a hechos bastante más recientes de lo que se afirma, oficialmente. Se deben reubicar en el equivalente de los siglos doce al diecisiete oficiales y, muy especialmente, de los siglos quince al diecisiete, de la era cristiana. Es decir, con apenas unos seis siglos de historia real, anterior al siglo dieciocho, se han creado las narrativas historiográficas de miles de años de historia humana “documentada”. Basta decir que es en tiempos de la Compañía de Jesús, cuando ésta ocupa todas las culturas y se asienta en todos los imperios conocidos, que se construye esta historia. Y que, antes hay unos dos siglos de paz y prosperidad comercial con tolerancia religiosa, hasta la ruptura entre las relaciones de los seguidores de Cristo y los de Mahoma. Pero incluso el orden otomano entra en el juego de la reconstrucción de la recreación de la historia, resultado de una alianza estratégica con la corte francesa que se mantiene hasta tiempos de Napoleón y, técnicamente, hasta el siglo veinte. Su punto en común es el templo de Salomón, que une a la Francmasonería con el Islam, y cuyo emblema moderno es el proyecto de la Cruz Roja y de la Media Luna. Pero esta reconstrucción no tiene lugar entre los años 1540 y 1773, que es cuando el papado da inicio y pone fin a la empresa de la Compañía de Jesús, sino entre los años 1725 y 1773. Según la línea X-185, la historia de la Compañía y de toda la humanidad se debe reducir en 185 años, que se habrían añadido como consecuencia de la necesidad de crear una historia adulterada para la empresa colonial europea.

Esta es la historia real, la principal, que aquí se vislumbra. Todo da vueltas a la creación de un imperio pactado que se desmantela y se reinventa en la forma de un proyecto colonial evangelizador, sin el éxito esperado. Y en esta historia el cristianismo es un proyecto egipcio e indio, que toma el relevo y se fusiona con la epopeya de un pueblo hermanado, el judío, que por razones de poder simbólico se ve desautorizado entre los siglos diecisiete y dieciocho reales, no antes.

Tal como Fomenko y Nosovkiy han demostrado, mediante múltiples métodos de datación astronómicos y estadísticos, las crónicas originales de la epopeya de la expansión del Imperio Egipcio (que evoluciona hasta el Imperio Romano, en Occidente, y hasta los imperios otomano, indio, chino y japonés, en Oriente, hasta llegar a América) han sido las bases de los textos sagrados de las principales religiones del mundo. Todos ellos fueron creados junto a una poderosa corte sacerdotal, a medida que evolucionó con sus distintas variantes, hasta el siglo diecisiete o, mejor dicho, el dieciocho (si se considera la línea X-185). Su trabajo va acompañado de una reconstrucción de los hechos, en el que destaca el papel de la Horda de Oro rusa, como protagonista de la expansión de este imperio, así como la constatación de la deliberada reconstrucción del Sacro Imperio Romano Germánico alrededor de la Roma papal, que sería una adulteración de la realidad realizada desde la Europa renacentista, siendo ésta una era trasladada al pasado entre uno y dos siglos, en un proceso de destrucción documental sistemática que incluye la reposición o mejor dicho la falsificación documental generalizada. Pero, sin embargo, de entre todos sus hallazgos, destaca sobremanera la reubicación temporal de los textos sagrados y de la historia antigua, en la medida que ubica el monumentalismo greco-romano-egipcio entre los siglos catorce y dieciséis, y que localiza el mito del Arca de la alianza en los siglos catorce y quince, descifrando que se trata de una alianza entre Oriente y Occidente donde las epopeyas de Noé, Moisés y Salomón (todas ellas con su arca) se refieren, junto al libro del Apocalipsis de Juan, a los mismos hechos. Es decir, en base a un pacto, que se generaría como resultado del pulso por el control del corazón de un imperio de reciente creación, se establecerían dos grandes bloques que firmarían una paz histórica, para el beneficio mutuo, resultado de la cual se crearía un texto principal sagrado (del cual nacerían múltiples leyendas) que se referiría a una “alianza” simbólica entre Dios y la Humanidad. Por esta razón el simbolismo piramidal se expandió por el globo terrestre, y, luego, se establecería una simbología asociada a un Dios principal que, en especial en Eurasia y el norte de África, sería común al de uno o diversos iconos históricos con rasgos equivalentes. Egipto sería la tierra “madre”, y durante siglos sería allí donde se momificaría a los líderes de la ocupación del mundo, según la tradición ancestral egipcia.

A su vez, la Cronología X-185 ahonda en este pacto o gran alianza, estructurando a su alrededor la gloria del pueblo judío y del templo del rey Salomón, que se apoyaría con el brazo militar de la Orden del Templo de Salomón, cuya existencia debe entenderse entre los siglos quince y diecisiete, no entre los siglos doce y catorce como afirma la historia oficial. Y este pacto está escrito en la historia oficial. Nace con la alianza entre Oriente y Occidente que se conoce como la Paz Tatárica, que tiene su duplicidad entre la alianza entre la República de Génova y los emperadores romanos de Constantinopla, los Paleólogo, y termina con la caída de Constantinopla en el año 1453 oficial (cuyos hechos se deben entender en el 1638 real, reubicándolos 185 años más adelante). Por el camino habría tenido lugar la división entre las comunidades judía y cristiana y, por esta razón, el Corán de Mahoma es un texto narrado de una sola pluma en el cual se desea conciliar a ambas tradiciones y recuperar su comunión con la de la comunidad árabe, bajo el orden otomano. El proyecto Vaticano (que realmente honora a Batu Kan, el conquistador de Europa que fundó la Horda de Oro rusa), a su vez, sería el proyecto alternativo que se reconstruiría en la Roma italiana, y que daría lugar al proyecto mesiánico y colonial del personaje histórico del Jesús al que se rinde culto en la actualidad.

De este modo, la línea X-185 complementa al extenso y principal trabajo desarrollado desde Moscú, y reubica algunos episodios principales. Avanza en el significado del traslado de los poderes de Oriente hacia Occidente, a lo largo de los siglos diecisiete y dieciocho, y refuerza con nuevos elementos la lógica de la invención del Imperio Romano con sede en Italia, así como de la crónica del Sacro Imperio Romano Germánico y de la historia de los Papas de Roma. Para ello reconstruye episodios complementarios que ayudan a trascender la historia del colonialismo cristiano europeo, y su raíz judaica. El principal, quizás, sea el relato de la construcción del mito profético de Jesús asociado al Preste Juan de las Indias, quien habría aparecido con los mamelucos para el control de Egipto y, muy especialmente, como garante del Arca de la Alianza entre los emperadores griego y turco, bajo la autoridad del linaje original fusionado con el linaje del pueblo hebreo que, desde entonces, lideraría su éxodo desde Egipto para custodiar, principalmente, el poder del templo salomónico en Europa. Este proyecto habría sido el resultado de un “pacto” entre tres reyes de un mismo linaje original, y sería la raíz no reconocida de los poderes cristianos del Papa de Roma, que aparecen en Italia cuando se desmantela el orden salomónico del Arca custodiada por el Preste, desde Etiopía. Por esta razón, en todos los mapas medievales aparece la simbología del personaje del Preste y nunca la del Papa, siendo los mismos. Es decir, la triple cruz y la triple corona papales son, en realidad, los símbolos del Preste Juan de las Indias.

Se trata, por tanto, de una gran recreación histórica que, lógicamente, tras casi tres siglos reforzándola desde las academias de historia resulta, a primera instancia, un planteamiento que crea confusión. Pero, tras profundizar en ella es posible liberarse de las numerosas dudas y contradicciones iniciales, y abrir la conciencia a su razón de ser. En realidad es bastante sencillo, si se acepta que la historia es otra y conviene interpretarla.

A modo de resumen introductorio, decir que a partir de unos textos comunes se construyeron leyendas que dieron lugar a grandes mitos, a medida que se rememoraban grandes gestas, hasta dotarlas de simbolismos sagrados. La historia dilatada aparece junto a los calendarios dilatados, que son el resultado de la pretensiosa creación de un imperio profetizado. El objetivo inicial es lograr el efecto de una pretendida eternidad legítima de los poderes asociados a un determinado poder centralizado, que desde sus inicios se vincula a determinados linajes, pueblos y culturas. Pero, a su vez, aparece la necesidad de rellenar el tiempo recreado con hechos “verdaderamente” documentados. Cuando esto ocurre, empieza la historiografía y la mística del cosmos, vinculados al culto a las grandes gestas y a los dioses, a través de heroicos personajes y gloriosos profetas. Para ellos se crearon gloriosos pasados, que se remontaron a tiempos inmemoriales, en una tendencia que es fácilmente observable en las leyendas fundacionales de todas las culturas, pueblos y naciones del mundo. En todos ellos se evidencia un imaginario temporal superior al realmente documentado donde la obra suprema es la del origen del mundo: la llamada “creación”; y la obra complementaria es la ubicación de los relatos proféticos, entre los cuales está el de Jesucristo, pero también el de Noé, Abraham, Jacob, Moisés y/o Mahoma. Luego, aparece el estudio del razonamiento de la perfección de la conciencia humana, que tiende a asimilarse a Dios, y, de su mano, el auge de la ciencia, la tecnología y el conocimiento.

Ésta es la lógica de la construcción simbólica de la historia, con sus calendarios, y de su proceso de oficialización.

La “historia sagrada” surge y se modula junto al desarrollo cualitativo de la civilización humana, desde el momento que logra crear, documentar y controlar las ideas, estableciendo una “ley”, a la par que surgen las ciudades, la especialización de las actividades, los sistemas de producción de bienes y el comercio, la banca, la institucionalización política y el progreso cultural. Y todo tiene su equivalente en la Edad Media europea, si bien, tal como descifra la Nueva Cronología de Fomenko y Nosovskiy no duró mil años, y, tal como matiza la línea X-185, ésta debe centrarse en los siglos trece al quince oficiales, y ubicarla 185 años más adelante. Antes tiene lugar la historia antigua, que dura apenas unos siglos. Pero es a partir del siglo quince real (no del trece) cuando debe comprenderse el inicio del proceso exponencial del desarrollo tecnológico que empalma con la Ilustración y el posterior desarrollo del sistema de producción industrial asociado al sistema colonial. Es decir, todos los antecedentes grecorromanos y egipcios enviados al pasado disponen de su merecido reconocimiento, y fueron en parte reales, pero no en la forma ni en el sentido ni en el tiempo que narra la historiografía oficial. Se trata de reflejos de una realidad enviada al pasado, que se reconstruye por el proyecto reunificador de la iglesia católica universal instalada en la Roma italiana con la intención de ubicar allí toda su gloria y la del papado de Roma.

Es decir, la construcción simbólica de un pasado legendario conduce a la creación de unos calendarios a los que se les añaden miles de años, y, resultado de ello, se introduce la lógica de la reinvención de la historia, que, paulatinamente, da lugar a la manipulación deliberada de una historia en la forma de falsas genealogías, crónicas, documentos y restos arqueológicos que, en una etapa avanzada, crean los archivos, museos y enciclopedias construidos para su difusión pública. A partir de entonces, una vez articulada esta base cronológica, aparece la academia de la historia y, desde este espacio, ha persistido en su “robustez” trabajando para un pasado erróneo.

Y la pregunta que todo ello plantea es, lógicamente, ¿qué ocurrió? Pues ocurrió que alrededor del eje Europa-Egipto-China se desarrollaron distintas culturas, que fueron unificadas por una o varias expediciones cuyo éxito debe vincularse a las incursiones que partieron del Cáucaso, siendo la principal la atribuida al pueblo tártaro o mongol, pero en un sentido distinto al oficial (que afirma que proviene de la actual Mongolia). En realidad, la expedición mongol fue una expedición tártara que surge del Cáucaso, proveniente de la expansión egipcia, pero que está narrada desde su epopeya oriental. En ella se cuenta cómo ocupa China, llegando a las puertas del Japón y estableciéndose en la India, para luego volver a Anatolia, desde donde provienen los poderes rusos y turcos, que se extienden hasta el corazón de Europa. Pero, de un modo singular, en la misma crónica mongol se afirma que gracias a ellos se expande el cristianismo bajo el influjo del proyecto nestoriano, de la mano de los franciscanos, que tienden puentes desde París a Pekín, pasando por Roma y el Tíbet. De este modo, un cristianismo evangelizador se extiende por toda Asia, desde Oriente Medio, y en el texto de su expedición se honra a su líder principal, conocido como Gengis Kan (que vive en el siglo trece oficial), cuyo linaje se extiende por todo el mundo. Incluso, se asimila a Gengis a dos grandes iconos del cristianismo judaico: por un lado el rey David de Israel y por otro el Preste Juan de las Indias, quien se fusiona con el emperador de Etiopía (el cual es el descendiente oficial de los reyes Salomón y Saba desde el año 1270 oficial, y quien tutela y custodia desde entonces el Arca de la Alianza). Pero su gloria no termina aquí. Además, su linaje se asocia al de los tres Reyes Magos. Es decir, de un modo inequívoco, la crónica mongol es la más afín a la de los textos sagrados, pese a que los historiadores oficiales lo hayan desautorizado bajo la imagen de una Mongolia nómada, bárbara y fantasiosa.

Dicha narrativa tiene su reflejo en la introducción que, en el siglo veinte, se hace sobre la historia de Gengis Kan y sus descendientes. Su autor es Michael Prawdin (versión española de 1968, quien la transcribe en 1938), basándose en distintas versiones de los siglos diecinueve y veinte, procedentes de Mongolia (dos obras del siglo diecinueve que se dice son copias del siglo diecisiete), Armenia (siete obras), China (seis obras), Europa (ciento veintiuna obras) y el extinto Imperio Otomano (cinco obras), siendo la más antigua la relativa al árbol genealógico de los turcos de Abulgazi, obra de Shagarad Turki, de 1727 (que es a su vez la única obra referenciada del siglo dieciocho). Dice (pp. 5-8):

EUROPA ESPERA AL REY DAVID

Corría el año 1221.

Hacía cuatro años (desde que el papa Honorio III hizo en 1217 un llamamiento a la cristiandad para organizar una nueva cruzada) que una verdadera riada de hombres salía de Europa hacia Oriente. Esta vez provenían, principalmente, de la Baja Alemania, de Dinamarca, de Noruega… Se embarcaban en su patria y, costeando el litoral oeste, llegaban a Portugal, donde se quedaban algún tiempo para ayudar a los cristianos de allí contra los infieles; luego, volvían a embarcar y, al cabo de un año de navegación, llegaban a Siria, donde se reunían los numerosos cruzados que acudían de todos los países. Allí se formaba un ejército, verdadero conglomerado de creyentes, ambiciosos y aventureros de todas las nacionalidades, no teniendo en común más que la cruz bordada en sus vestiduras y la esperanza de victoriosas batallas. Sin embargo, la consistencia de estas masas no era mucha, y los musulmanes, que habían reconocido sus ventajas, encerrábanse en sus inexpugnables plazas fuertes… y esperaban.

Esta espera no fue larga; pronto se inicióse la desmembración del ejército de los cruzados. El Rey de Hungría fue el primero en regresar a Europa; le siguió el duque Leopoldo de Austria… y los que quedaron se dirigieron de Siria a Egipto, porque allí se podía esperar un botín más remunerador. Todos convergían en la rica ciudad marítima de Damieta, en el Nilo, de la que se apoderaron tras un asedio que duró año y medio, después de perecer 60.000 de sus 70.000 habitantes, de hambre, de miseria y de enfermedades.

Pero la alegría que esta victoria y el rico botín conquistado motivara en Europa, fue prontamente extinguida. Los sobrinos de Saladino, sultanes de Egipto y Damasco, se confederaron contra el ejército cristiano y rodeáronlo. Los sitiadores se troncaron en sitiados, a los que tan sólo otra cruzada, con numerosos ejércitos, podía sacar de su desesperada situación.

Todas las miradas se dirigieron al Hohenstaufen Federico II, el cual había sido consagrado emperador por el papa Honorio III a cambio de la promesa de cruzarse. Presionado por la opinión pública, Federico II envió al duque de Baviera, al frente de numerosas galeras, a Egipto, pero no se prestó a seguirle con un fuerte ejército. Y Europa entera, muy preocupada, esperó hacia Pascua una nueva noche fatal en Oriente…

En medio de esta angustiosa espera llegaron súbitamente cuatro cartas alentadoras del predicador de las cruzadas, Jacobo de Vitry, obispo de Ptolemais. Éstas iban dirigidas al Papa, al duque Leopoldo de Austria, al rey Enrique III de Inglaterra y a la Universidad de París. Y en todas comunicaba una increíble noticia.

La cristiandad había encontrado un nuevo y poderoso aliado en cierto rey David de la India, que con un incalculable ejército se había puesto en marcha contra los infieles.

Jacobo de Vitry describía, con todo lujo de detalles, la visita del califa de Bagdad al Patriarca nestoriano de ésta para rogarle que enviase una carta al rey cristiano David suplicando su ayuda contra el Sha de Choresm, quien, aunque mahometano, quería avasallar al Califa por la guerra.

El rey David acudió a la llamada del Califa, derrotando al Sha de Choresm y apoderándose del poderoso reino de Persia. En aquellos momentos se encontraba a cinco jornadas de Bagdad y Mosul.

Esta disposición de la Divina Providencia causó extraordinario júbilo en Europa. Bien es verdad que los europeos ignoraban dónde se encontraba aquel fabuloso país llamado India, con su rey cristiano David, ni quién era el Sha de Choresm a quien dicho Rey había derrotado.

De nuevo vino a la memoria de los europeos la antigua leyenda de que en el lejano Oriente existía un poderoso reino llamado India, cuyo emperador era el Preste Juan… “y que su poder excedía al de todos los reyes de la tierra…”.

Hacía tres cuartos de siglo, en la época de la segunda cruzada, se esparció el rumor de que este Preste Juan había atacado y derrotado, en el lejano Oriente, al reino de los sarracenos para acudir en ayuda de los cruzados, rumor éste que había excitado los espíritus occidentales. Pero, luego, el silencio se hizo sobre este monarca y solamente los cristianos nestorianos, que se hallaban diseminados en innumerables comunidades por toda Asia, se aferraban testarudamente a la idea de que en Oriente existía un poderoso reino cristiano. Decíase que el Sultán no permitía a ningún cristiano del Oeste ir allá, del mismo modo que el Preste Juan no admitía mahometano alguno en su reino…

Y he aquí que Vitry escribía, clara y determinantemente, que el tal David era nieto del Preste Juan, el hijo del rey de Israel, y que sus vanguardias se encontraban ya en las fronteras de Mesopotamia, pero que desde allí se habían dirigido hacia el Norte con el fin de guardarse las espaldas antes de “marchar sobre Jerusalén”. En el Norte había batido a los georgianos que, aunque cristianos, no eran verdaderos creyentes…

Hubo júbilo por doquier en Europa, tanto en la cristiandad como en las comunidades judías, que ordenaban acciones de gracia, reuniendo dinero para entregarlo al rey David. En dos de sus cartas, Jacobo de Vitry había dicho que el rey David era el rex Judeorum… Por consiguiente, el monarca que se aproximaba era el rey de los judíos y se dirigía hacia Occidente para liberar a su pueblo del destierro.

Pero pasó el tiempo sin que desde Oriente llegasen a la Europa expectante ulteriores noticias acerca del rey David. Damieta hubo de ser cedida nuevamente a los mahometanos, en otoño, y los cruzados pudieron agradecer a su buena estrella el garantizárseles la retirada.

Esta circunstancia fue considerada, precisamente, como una prueba más de la presencia del rey David. Pero si los sarracenos mostraban una desacostumbrada moderación era debido a que su Sultán les había prohibido todo exceso, poniéndoles ante los ojos el ejemplo del Sha de Persia, siempre victorioso y, sin embargo, derrotado por el rey extranjero. Lo cierto era que en alguna parte, entre Mesopotamia y el mar Caspio, se encontraban ejércitos extranjeros de incalculable fuerza… Pero no iban en ayuda de los cruzados…

Por el contrario, desde los reinos cristianos de Armenia, Georgia y el Cáucaso llegaron a Europa noticias de que sus ejércitos habían sido derrotados; sus ciudades, saqueadas, y sus castillos, arrasados. Luego se supo que los guerreros extranjeros habían atravesado el Cáucaso, invadiendo las llanuras situadas al norte del mar Negro.

Allí moraban los terribles comanos que, en sus incursiones de pillaje, exigían tributo, en el Norte, a los principados rusos, y en el Oeste, al reino de Hungría. Estos temidos comanos atravesaban el Don llenos de pánico ante el invasor, implorando ayuda y dejándose someter, por el emperador de Bizancio, en Macedonia y Tracia.

Desde el fuerte genovés de Sudak, situado en Crimea, vinieron galeras notificando que la fortaleza había sido tomada por asalto e incendiada. Y dos años después de las alentadoras cartas de Jacobo de Vitry, desde las estepas rusas llegaron a Europa occidental rumores de que los príncipes rusos habían sido derrotados y aniquilados con sus ejércitos, robando y asesinando a mansalva. Se contaban cosas horrendas de ellos: tenían cortas las piernas; el cuerpo, gigantesco; el pecho, extraordinariamente ancho; el rostro, moreno… Bebían sangre… Y, no obstante, llevaban estandartes donde se veía la cruz.

Sobre su origen y propósitos esparciéndose nuevas suposiciones: eran descendientes de los pueblos de los tres Reyes Magos y se dirigían a Colonia para rescatar las reliquias de esos reyes… Hasta llegó la noticia de que volvían a Oriente con la misma rapidez que vinieron, habiendo desaparecido sin dejar rastro.

Europa respiró, aliviada. Nadie estaba al corriente de la ley primitiva que regía en el continente asiático, a la que tan sólo la técnica guerrera de la Edad Media y la civilización europea pusieron fin: la ley de la lucha eterna entre los nómadas y los pueblos sedentarios de los Estados culturales. Nadie sabía que, en aquel momento, los pueblos nómadas habían emprendido su último y más formidable ataque contra el mundo culto. Solamente dos décadas más tarde se supo la verdadera personalidad del hombre a quien Jacobo de Vitry tomara por el rey David; pero entonces, esos mismos jinetes salvajes se arrojaban sobre Europa, transformando su parte oriental en un montón de escombros y llenando de pavor la parte Oeste, amenazando con la ruina a los occidentales y haciéndoles pasar el peor trance de toda su existencia. Entonces se supo lo que había sucedido en el lejano Oriente: surgió una nación, y un hombre cambió la faz de la tierra para varios siglos.

Con esta crónica se realizan varias manipulaciones, sin alterar el mensaje de la gloria del Gran Kan, a quien se rinde culto como al rey de Israel, David, tal como si de Cristo se tratase. Parece mentida que Jacobo de Vitry lo asimilase a esa estirpe, que se supone tuvo su fin con Jesucristo, el último Rey de Israel. Pero nada es gratuito. Realmente, se lo honora. Se lo relaciona con los Reyes Magos, y con el Preste Juan, al igual que Cristo, y se lo hace el más insigne gobernador cristiano de Eurasia. Pero, como si de una gran fantasía se tratase se los convierte -a los mongoles, al Kan llamado David de Israel y al Preste- en una verdad fugaz, y en su lugar se honora la causa cruzada de los poderes germánicos bajo la batuta del Papa. De este modo, creando la sospecha de la fantasía, se dicen grandes verdades y se crean otras, como la existencia -falsa- de un Imperio Austríaco y de una autoridad cristiana papal, tal como demuestra la Nueva Cronología de Fomenko y Nosovskiy. De este modo, se crea la figura de un personaje divinizado al estilo de Cristo, convertido en un líder guerrero donde (Prawdin, 1968, p. 10): “Su pueblo y sus sucesores le veneraban como a un dios (Sutu-Bogdo), cuya vida debía, naturalmente, corresponder a los doce periodos «celestes» del calendario mongólico”, que a su vez dio lugar a un mito en el que (p. 234): “Gengis-Kan era el Sutu-Bogdo, el enviado de Dios, y su palabra era la voluntad del Cielo”. Era el Kan de los Kanes, como lo sería Cristo, el Rey de Reyes, y sus doce apóstoles; y sus voluntades (de ambos) la palabra de Dios. Con él llegó, en Eurasia, lo que se conoce como Pax tatárica o tártara, pero antes tuvo lugar una alianza, que la hizo posible. Esta crónica apunta a ella, sin darle autoridad. Apunta a las alianzas entre los kanes y los cristianos europeos, al modo de las últimas cruzadas oficiales, y lo atribuyen al deseo de controlar Egipto, en una empresa que la historia oficial asocia a los mamelucos. Dice (Prawdin, 1968, p. 235):

Los Il-Kanes fueron los primeros soberanos mongoles que no pudieron vencer a sus enemigos con sus propias fuerzas y, por consiguiente, necesitaron conseguir aliados. Los buscaban en el Occidente cristiano, cerca del Papa, jefe de todos los cristianos, el cual, como supieron por sus amigos los nestorianos, llamaba, desde hacía siglos, a los ejércitos occidentales contra Egipto.

Abaka, hijo y sucesor de Hulagu, le propuso una alianza contra Egipto: los mongoles y los cruzados debían atacarlo y destruirlo por dos lados a la vez. El plan era perfectamente realizable y, gustoso, el Papa lo aceptó, y Abaka envió embajadores más lejos todavía: a Francia, Inglaterra y España.

Parece ser que tuvieron éxito. Luis el Santo, Jaime de Aragón, dos príncipes ingleses y Carlos de Anjou, rey de Sicilia desde la muerte del último Hohenstaufen, se declararon dispuestos a emprender una nueva Cruzada.

Hasta aquí todo parece seguir su curso, pero la historia oficial lo aborta sin esconder del todo la historia real. ¿Cómo? Para empezar hace fracasar esta alianza, pero en su lugar crea una historia alternativa. Por un lado, construye el periplo expansivo de los Anjou hasta Italia, y luego el de los Aragón, y a ambos les da, por este orden, el título honorífico de gobernantes del Reino de Jerusalén, que desde entonces hasta siempre más se asocia al Reino de Nápoles. Por otro lado, para el año 1260 crea dos episodios singulares. Crea la alianza entre la República de Génova y los Paleólogo bizantinos, a los que da el gobierno de la capital del Imperio Romano, Constantinopla, y crea, a su vez, la epopeya mameluca que vence a los mongoles y ocupa Egipto. Los mamelucos provienen del Cáucaso y el mar Negro, del mismo lugar en donde se ubican los genoveses, que comparten cruz con los georgianos. Y, a su vez, crea la crónica de Roger de Flor, el almogávar que se hizo césar, se enamoró de una princesa y murió tras luchar en Anatolia, como lo hizo San Jorge. En realidad, se haría referencia a la implantación de la Orden del Templo de Salomón, que llegaría a establecerse hasta Georgia, compartiendo dominios con el Imperio de Trebisonda, que a todos los mapas medievales aparece con el águila bicéfala amarilla sobre fondo rojo, el emblema del Imperio Romano, antes de ser el del Imperio Ruso. Trebisonda, este desconocido imperio, forma parte del gran puzle que aquí se recompone. La historia oficial lo hace una obra conjunta de los poderes de Georgia y de los nietos del emperador romano Andrónico Comneno, muerto en 1185, después de tres años de gobierno (a quien la Nueva Cronología de Fomenko y Nosovskiy asimila a Cristo), y lo hace el máximo aliado del Imperio Romano de Constantinopla. 

Ciertamente, pretender repensar todas estas piezas parece una empresa demasiado compleja, pero sólo lo es en apariencia. Esta impresión es el resultado de la gran manipulación de la historia oficial. Aparentemente, se trata de historias inconexas, pero no lo son. Las conexiones están en todas partes, como lo atestigua esta correlación de afinidades y el gran número de alianzas matrimoniales entre los kanes, los Paleólogo, los Comneno y los reinos cristianos, que se dan en el siglo trece, pero, además, por otros hechos singulares. Destaca el nacimiento del linaje de la Casa de Salomón en Etiopía (en el año 1270 oficial) y el inicio del proyecto papal de Aviñón (en el año 1271 oficial). Destacan porque ambos episodios están relacionados con un Arca, de una alianza, que sería un gran pacto entre Oriente y Occidente. Y sería, de hecho, el pacto de la alianza suprema, la bíblica, la sagrada, que se establecería desde entonces entre Dios y la Humanidad. De este pacto surgiría el «texto sagrado».

Resultado de un gran pacto se honoraría la epopeya de un gran imperio asociado a un Dios poderoso. Pero la historia real es siempre más trágica y cruel de lo que es deseable para el buen gobierno de las gentes, y con el tiempo se construye un orden político diferenciado del espiritual, y se separan sus relatos, relegando el segundo a su vocación universal. Y, cuando esto ocurre, las narrativas del gran emperador original y su linaje pasan a ser transformadas en un texto sagrado, y sus gestas en diversos episodios liderados por sus respectivos iconos, todos ellos dotados de identidad histórica, en la forma de grandes héroes o profetas. Inicialmente se crean dos grandes bloques, y una historia legendaria. Luego, cuando este pacto se rompe, se escribe, en su lugar, el libro del Apocalipsis, cuyo capítulo 11 narra escrupulosamente este hecho. Antes, en el capítulo 10, se narra la llegada del designio secreto de Dios por la boca del ángel que tocará la séptima trompeta, que lleva consigo un «libro», que manda tragar a Juan. Juan es el Kan, y el «libro» no es otra cosa que la historia real de la gran lucha de los cuatro jinetes. Después, «nace» Cristo, en el capítulo 12, siendo el inicio del Santo Sepulcro que se crea en el honor del Gran Kan. Dice, el Apocalipsis bíblico:

10 Anuncio solemne del Reino de Dios. Entonces vi otro ángel vigoroso, que bajaba del cielo vestido de una nube, con el arco iris alrededor de la cabeza. Tenía la cara como el sol, y las piernas, como columnas de fuego. Llevaba en la mano una hoja abierta y, poniendo el pie derecho sobre el mar y el izquierdo sobre la tierra, llamó con voz fuerte como un león que ruge. Así que llamó, los siete truenos hablaron con sus voces. Después de hablar los siete truenos, yo iba a escribir, pero oí una voz del cielo que decía: «Guarda bajo sello lo que han dicho los siete truenos: no lo escribas».

Después, el ángel que había visto de pie sobre el mar y sobre la tierra alzó la mano derecha hacia el cielo, y juró por el que vive por los siglos de los siglos, que creó el cielo con todo lo que contiene, y la tierra con todo lo que contiene, y el mar con todo lo que contiene, que no habrá más demora para que los días que debe tocar el séptimo ángel, al momento de tocar él la trompeta, se cumplirá el misterio de Dios, según el Evangelio que tiene anunciado a sus siervos los profetas.

Juan recibe el encargo de anunciar nuevas profecías. Después, la voz que había oído del cielo me habló de nuevo: “Ve, toma la hoja abierta a la mano del ángel que está de pie sobre el mar y la tierra”. Fui, pues, hacia el ángel diciéndole que me diera la hoja. Y me dice: «tómalo y devóralo, y te amargará el vientre, pero en la boca te será dulce como la miel». Tomé entonces la hoja de la mano del ángel y lo devoré, y en la boca me era dulce como la miel, pero después de comérmelo, el vientre sintió amargura. Y me dice: «Hay que profetizar aún sobre muchos pueblos, naciones, lenguas y reyes».

11 El templo será preservado de la profanación. Predicación de dos profetas. Entonces me dieron una caña semejante a una vara diciendo: “Ve, mide el templo de Dios y el altar, con los que adoran, pero el patio exterior, tíralo fuera y no lo midas, porque ha sido dado a los paganos, que pisarán la ciudad santa cuarenta y dos meses. Mientras daré a mis dos testimonios de profetizar durante mil doscientos sesenta días, vestidos de saco”. Estos son los dos olivos y los dos candelabros que se encuentran en la presencia del Señor de la tierra. Si nadie quiere hacerles daño, les sale fuego de la boca, que devora a sus enemigos. Si nadie quiere hacerles daño, así debe morir. Ellos tienen poder de cerrar el cielo para que no caiga lluvia durante los días de su profecía, y tienen poder sobre las aguas para convertirlas en sangre y para afligir la tierra con calamidades de todo tipo, siempre que quieran. Pero, cuando terminen de dar su testimonio, la bestia que vuelve del abismo les hará la guerra, los vencerá y los matará, y sus restos quedarán en la plaza de la gran ciudad, que se llama espiritualmente Sodoma y Egipto, donde también el Señor fue crucificado. Gente de los diversos pueblos, tribus, lenguas y naciones ven sus restos tres días y medio, y no permiten que sus restos sean puestos en el sepulcro. Los habitantes de la tierra se alegran y lo celebran, y envían presentes unos a otros, porque estos dos profetas habían atormentado a los habitantes de la tierra. Pero después de los tres días y medio, un soplo de vida que venía de Dios entró en ellos, se puso derecho sobre los pies, y un gran pánico cayó sobre quienes los veían. Oí entonces vino del cielo una voz fuerte que les decía: «Subid aquí». Subieron, pues, el cielo en la nube, viéndolo sus enemigos. En ese momento hubo un gran terremoto, una décima parte de la ciudad se derrumbó, siete mil hombres murieron en el terremoto, y los supervivientes quedaron aterrados y daban gloria al Dios del cielo.

Llega el Reino de Dios. El séptimo ángel tocó, y se produjo en el cielo un gran griterío de voces que decían: “Se ha realizado el reinado del Señor nuestro y de su Cristo sobre el mundo, ¡y reinará por los siglos de los siglos!” Entonces los veinticuatro ancianos que se sientan en la presencia de Dios en sus sitiales cayeron rostro en tierra adorando Dios y diciendo: «Te damos gracias, Señor Dios Todopoderoso, EL QUE ES Y EL QUE ERA, porque ha tomado su gran poder y ya reinas. Las naciones estaban furiosas, pero ha venido tu ira y el tiempo de ser juzgados los muertos, de dar la recompensa a sus siervos los profetas, a los santos y a los que temen tu nombre, pequeños y grandes, y de destruir a los que corrompen la tierra».

Después se abrió el templo de Dios que hay en el cielo, y el arca de su alianza apareció en su templo, mientras estallaban relámpagos, voces y truenos, acompañados de terremoto y de gran granizada.

12 Sión infanta el Mesías. Indignación del diablo. Y se vio un gran prodigio en el cielo: una mujer vestida de sol, con la luna bajo los pies, y sobre la cabeza una corona de doce estrellas. Está embarazada y grita en los dolores del parto, atormentada para alumbrar. Se vio todavía otro prodigio en el cielo: un gran dragón rojo que tiene siete cabezas y diez cuernos; sobre las cabezas hay diez diademas, y la cola arrastra la tercera parte de los astros del cielo, y los lanza a la tierra. Entonces el dragón se paró frente a la mujer que había de dar a luz para devorar a su hijo, así que naciese. Ella, pues, dio a luz un hijo varón, que ha de pastar todas las naciones con barra de hierro. Su hijo fue arrebatado cerca de Dios y cerca de su trono, y la mujer huyó al desierto, donde tiene un lugar preparado por Dios, para que lo alimenten allí mil doscientos sesenta días.

La transcripción es literal. El séptimo ángel que pone sus pies en la tierra y el mar, que levanta el brazo hacia el cielo y ruge como un león, es el Gran Kan. Y lleva consigo un libro, que Juan (el Kan hecho sacerdote, al que se le da una vara, un báculo, como lo tiene el Papa) se lo come. Se borra la historia y dos testimonios, que son dos profetas, dan fe de ello. Y todo ocurre en el año 1260, que equivale a 42 meses entendiendo los días por años. Ellos son los dos grandes poderes que darán luz al nacimiento de un linaje y a dos grandes cortes sacerdotales, que (con el tiempo) honorarán a Cristo y a Mahoma, pero que en realidad sirven al mismo Dios y pactarán el Arca de la Alianza. Por esta razón, en 1260, los ejércitos de la Cruz Roja ocupan Constantinopla (que realmente es la Orden del Templo de Salomón, gobernada desde Génova, o Janua, la ciudad del Jan, el Kan) y con ellos se establece el inicio de la mayor etapa de paz y prosperidad, en Eurasia, jamás antes conocida. Y se ocupa Egipto, estableciéndose en el sur (actuales Nubia y Etiopía) el poder de la Casa de Salomón, que no es otro que el del Preste Juan.

Las tres arcas confluyen en el 1260. En el capítulo 10 se establece el vínculo con el diluvio de Noé a través del arcoíris. En el 11 el vínculo es con Moisés, con la aparición del Arca de la Alianza y el nuevo Reino de Dios. En el 12 es con Salomón, al establecerse el nacimiento del Mesías en Sión, si bien se vincula con el advenimiento de Jesús.

De este modo, pese a parecer una afirmación gratuita (que no lo es), del Gran Kan que ocupó Eurasia se creó el icono de Abraham, y de su nieto Batu Kan, quien ocupó Europa, a su nieto Jacob, llamado por Dios Israel, de cuya descendencia nacerían las doce tribus de Israel (que se esparcirían por las monarquías europeas). Todo ello aparecería con la epopeya de un primer emperador cuya gloria se materializaría con su nieto, antes de transformarse en el Jesús mesiánico, el Buda, Krishna y otros dioses como Horus o Dionisio, siendo todos ellos distintas versiones de esta divinización imperial. El Santo Sepulcro de Hierusalem le rendiría culto, en el monte Moriah, y allí se concebiría el lugar donde se establecería la alianza entre Dios y la Humanidad, siendo este hecho rememorado como el episodio en el que Dios pide a Abraham el sacrificio de su hijo, Isaac, el padre de Jacob. Sería el símbolo del imperio común y de una gran alianza. Por esta razón, en todos los mapas medievales que se han conservado aparece en Jerusalén (Hierusalem) el texto “Santo Sepulcro” y en ninguno aparece el nombre de Jesucristo o el de Mahoma (que se apropiarían del lugar sagrado, más adelante), del mismo modo que siempre aparece el Preste Juan, en el sur de Egipto, y nunca el Papa de Roma en Italia.

Desde Egipto nació una civilización que se expandió por Oriente Medio hasta los mares Mediterráneo, Egeo y Negro, para luego iniciar un periplo nómada que se expandió hasta el Pacífico y luego volvió a su tierra de origen, desde la India, donde entró en conflicto con los poderes presa y griego. Pero de esta empresa surgió otro proyecto, el de ocupar Europa y luego volver a reocupar el imperio original. Desde la Iberia caucásica y Crimea, llamada Gothia (que significa la tierra de Dios), se ocupó Occidente, trasladando allí la nueva Gothia, con sede en Aviñón, y la nueva Iberia, en Hispania. Desde allí se rearmó y volvió a Grecia, a quien venció, y se reocupó Crimea, Iberia, Georgia y, luego Egipto y Palestina, en donde se instaló el Preste Juan y el Santo Sepulcro del Gran Kan, el líder o gran emperador que inició la mayor empresa del mundo conocido, estableciéndose como el primer gran soberano y, con él, implantando la autoridad de un único Dios. Los mamelucos custodiarían desde entonces esta Tierra Santa, y la Orden del Templo de Salomón las tierras ganadas por esta estirpe, mitad hebrea y mitad imperial. Con todos ellos nacería la gloria de la Historia, de la Génesis de los textos sagrados y de una gran Alianza, entre Oriente y Occidente: el Arca de Salomón que, desde entonces, por voluntad de tres reyes indios, custodiaría el Preste Juan. De allí, de la gran Babilonia (con el tiempo conocida como El Cairo, que quiere decir “la victoriosa” en árabe), saldría el pueblo hebreo armado con la fuerza de las tablas de la nueva Ley de Moisés, el Dios Amón transformado en un icono, y se dirigiría al retorno hasta las dos Gothias, estableciéndose allí distintos reinos y/o kanatos. Traerían allí el Arca y la gloria de los tres reyes indios, cuya gloria se honoraría en Colonia, estableciéndose allí como los Tres Reyes Magos. A su vez, con ellos, en Occidente se establecería un gran pacto matrimonial, entre la hija del Preste y un líder provenzal, dando lugar a los poderes de los Anjou y de los Aragón, para los cuales la historia construiría los poderes del Reino de Jerusalén, la gloria occitana de los templarios y las gestas de los almogávares, que serían en realidad la de los macabeos y, a su vez, la de los mamelucos, que serían también las tropas provenientes de la India, y el pueblo gitano. De allí llegarían hasta el norte de Europa, y harían nuevos poderes en las Islas Británicas, ubicando la cruz roja y estableciendo una nueva Gothia en el norte isleño: en la llamada Escocia (Scotia), donde se implantaría un linaje principal. Se trataría del linaje original, vinculado al pueblo hebreo, que proviene de Egipto, del cual surgirían los grandes linajes cristianos. De este mito nacerían María Magdalena y San Jaime, y múltiples obras “medievales”, así como el mito Merovingio asociado, desde el siglo veinte, al linaje de Cristo, y la leyenda del Rey Arturo. En la historia oficial, la llegada de Moisés a Europa vendría de la mano de la crónica del caudillo de Egipto, Musa Ibn Nusair, que llega hasta Francia y es vencido por Carlos Martel, viniendo tras él la expedición de los Exiliarcas judíos de Babilonia e implantándose, desde Aniana, el cristianismo -por toda Europa Occidental- de la mano de la Orden Benedictina, desde tiempos de Carlomagno. Es decir, la historia oficial ha duplicado los hechos reales entre los siglos ocho y el trece, y ha eliminado su relación.

Por esta razón, “hebreo” significa “los que pasan” en hebreo, y en egipcio se encuentra la palabra “habiru”, que significa “nómada” y es muy similar. Ellos serían el pueblo nómada de Gengis Kan que, tras ocupar el Indo, sometería a los dominios griego y persa, antes de que sus sucesores ocupasen Egipto. Tal como lo indica la Biblia fue un pueblo proveniente de Oriente, es decir de Persia, que se va a Egipto y luego sale de allí como un pueblo esclavo con las Tablas de la Ley, de Moisés (hecho que en realidad sería una narrativa literaria). Abraham (otro icono literario) sería quien establecería su linaje allí, en Egipto. Es decir, Israel, que significa “quien lucha con Dios”, debe entenderse como un proyecto imperial asociado a un solo Dios que sale de Egipto, de la mano de pueblos nómadas; y, a su vez, el pueblo judío debe entenderse hijo del pueblo nómada, hebreo, descendiente de Israel, en este caso de Judá (un tío de Moisés), el cuarto hijo de Jacob (a quien Dios nombró Israel). Como se puede constatar, debe comprenderse que la fusión habitual entre el pueblo hebreo y el judío es errónea. Los judíos son un pueblo asociado a una ley que sale de Egipto, pero que tiene sus raíces fuera de Egipto (y que según parece provienen del Cáucaso). La Torah (el texto bíblico hasta la salida de Egipto con Moisés) es hebrea, pero no exclusiva de los judíos. Ellos habrían escrito su crónica, pero también los otros pueblos, de modo que es normal ver similitudes entre contenidos bíblicos y otros asociados a otras culturas.

Por esta razón, el pueblo judío, desde Noé y Abraham hasta Moisés y Salomón, e incluso José y María, se vinculan con Egipto. Pero, tal como aquí se narra, la realidad de este vínculo es mucho mayor de lo que estos lazos evidencian. En verdad, hubo un solo Arca, que se acordó en Egipto, donde las crónicas de Noé, Moisés y Salomón son la misma historia, como lo es la de Abraham y la del origen de Cristo. Es la misma historia y se refiere a una expansión imperial que derivó en un Templo, resultado de una paz, de una alianza “divina” que transformó para siempre más la cosmovisión de la Historia. El pueblo judío celebra esta gesta con la fiesta del Janucá (o Hanukkah, que significa Kan de Kanes), también conocida como fiesta de las Luces, en la que se enciende el candelabro Menorah, con nueve velas. Con este simbolismo se conmemora la liberación del pueblo judío en manos de los greco-persas y la reconstrucción del Templo de Salomón. Históricamente, se traslada a tiempos del gran Alejando Magno, a quien los judíos honoran llamando Alejandro a sus hijos primogénitos, desde entonces. Extraoficialmente, como se ha indicado, se celebra desde hace poco más de cinco siglos. Y la historia real está escrita en hechos inconexos (aparentemente) alrededor de la fecha del 1260 medieval que, a su vez, están transcritos en el capítulo 11 del Apocalipsis bíblico. Juan, el del Apocalipsis, conoce la historia real, pero se la «tragó». Él era el Gran Kan y, luego, Juan el Bautista, quien bendijo a Cristo.

Pero toda esta historia se reescribe, más tarde. Entonces… ¿cuándo se escribe el Apocalipsis? Pues a finales del siglo diecisiete, terminándose en el dieciocho, cuando el texto bíblico adquiere su actual redacción, en un contexto que debe entenderse 185 años atrás, a finales del quince, cuando empieza la colonización cristiana del mundo con la fuerza de las armas y la autoridad de Jesucristo, hecho el verdadero y único hijo de Dios. Es entonces cuando cae Babilonia (El Cairo), y cuando el poder de Grecia (de Trebisonda), asociado a la Casa de Salomón de Etiopía (donde está el Preste Juan), vuelve al lugar donde asentó su poder y muta en la forma de nuevos linajes bajo el proyecto universal del Vaticano papal. Éste poder se asienta en Europa Occidental y usurpa el poder de la Orden del Templo de Salomón, al que obliga a mutar bajo la autoridad de la Orden de San Juan Bautista.

Pero, para reescribirlo todo sin borrar el rastro, la parábola de la manipulación histórica sería más compleja. De hecho, es muy compleja y aquí apenas se cita una parte del relato.

De un modo semi-oculto, se establecería un vínculo entre el linaje de Trebisonda, el provenzal y el catalán, a través de apellidos secundarios, en una manipulación que se realiza en el siglo dieciocho, de modo que se construiría, con ella, un vínculo de sangre para reclamar su legítima propiedad. El de Trebisonda sería el verdadero linaje del Imperio Griego, que se extendería por toda Europa, y su vínculo se establecería con los Ventimiglia (establecidos en Niza i convertidos en descendientes del gran Carlomagno) y los Condes de Pallars (en Gandía, cuya descendencia se vincularía con la de los reyes de Aragón). De otro modo, sus poderes adquieren la forma de los Habsburgo, cuya misión es refundar Roma en la forma de un Sacro Imperio hermanado (“germánico”). Por esta razón, y no por otra, los emperadores de Nicea (los Láscaris Comneno) y los Habsburgo comparten el mismo emblema, el águila bicéfala negra con el fondo amarillo o dorado. Ellos toman posesión de Europa, a lo largo del siglo diecisiete real, y traen a Roma el poder del Preste, con la misión de tomar de nuevo su imperio, esta vez en nombre de un Cristo más poderoso. Por esta razón, la Nueva Cronología de Fomenko y Nosovskiy ha descubierto que todo el linaje Habsburgo no es real hasta el siglo diecisiete, que antes es una copia de otros linajes que sigue el fiel reflejo del de los reyes bíblicos de Israel (CLICAR) y del de los emperadores romanos y los zares rusos medievales (CLICAR).

En honor de los Láscaris Comneno se construiría el Concilio de Nicea (donde se dice que el César Constantino aprobó la divinidad de Jesús), ubicándose en Anatolia, y a su vez se asentaría a los Láscaris Comneno en Niza, en la Provenza, en donde construirían su primer palacio. A su vez, se dejaría escrito que este linaje sería el verdadero titular del gran maestrazgo de la Orden Constantiniana de San Jorge, hasta el 1697, cuando se trasladaría a los Farnese y luego (desde el 1714) a los duques de Anjou (los Borbón españoles). Y, de un modo mucho menos evidente, se vincularía este linaje con los Borja. Trebisonda, los Láscaris Comneno y los Borja lucen el mismo escudo: tres barras negras horizontales sobre fondo amarillo, de un modo que no es casual. Por eso los Láscaris Comneno han quedado estrechamente vinculados a la ciudad de Gandía, en Valencia, de donde proceden los Borja (pese a que nadie se acuerda de ello). En el año 1296 oficial, un veinte de agosto, el rey Jaime II de Aragón concede a la emperatriz Constanza de Grecia la ciudad de Gandía (Archivo de la Corona de Aragón, Registro 44, folio 143; fuente: “Visión histórica Hispano Bizantina”, escrita por el emperador titular Juan Arcadio Láscaris Comneno, publicada en Atenas el año 2011, por N. & S. Batsioulas Editorial). El año 1306 oficial, un diecisiete de septiembre, la emperatriz da los poderes de su imperio a Jaime II (Registro 24, folio 58, misma fuente). 186 años después del 1296, en 1482, Rodrigo Borja se convierte en Duque de Gandía, y en 1492 (186 años después del 1306), en Papa de Roma, bendiciendo desde allí la colonización del mundo. La historia oficial ha separado estos hechos 185 años, y a su vez los ha ubicado 185 años en el pasado (según la línea X-185). En ésta época, que se debe entender en el último cuarto del siglo diecisiete (1492+185 = 1677), es cuando toda la historia da un nuevo rumbo. Tras ellos está el verdadero poder de los Colón, quienes estarían relacionados con el mismo linaje y, de otro modo, con el de los papas Colonna y Cibo. El primero sería el verdadero papa que gobernaría toda Europa desde Roma (Papa Martín V, años oficiales de 1417 a 1431), y el segundo el predecesor del Papa Alejandro VI (Rodrigo Borja), de nombre Juan Bautista Cibo y conocido como el Papa Inocencio VIII, que fue el verdadero artífice del proyecto colonial, si bien es conocido por ser quien puso a Torquemada como Inquisidor General en España; quien nombró a Fernando e Isabel “Reyes Católicos” tras la expulsión de los musulmanes de Granada; quien obligó a los judíos y a los musulmanes a aceptar la fe cristiana; y quien supervisó las Capitulaciones de la Santa Fe del almirante Cristóbal Colón, en el año oficial de 1492, selladas en Barcelona. Por esta razón se lo conoce como el Praecursor Siciliæ, asimilándolo a Juan el Bautista (el precursor de Cristo) y a la corte del Rey de Sicilia, donde vivió su infancia (dicen) bajo el gobierno del gran Alfonso el Magnánimo, Rey de Aragón, el conquistador de Nápoles cuya descendencia ocupó, desde entonces, la autoridad de Rey de Jerusalén. Todos ellos nos hablan de una “columna” familiar, de un linaje que habría sido hebreo y que habría labrado un templo, resurgiendo de Egipto. Ellos, los Colonna, serían los Príncipes papales desde el 1710, y allí, en Roma, está su palacio papal, anterior al del Vaticano. Y, con ellos, se escribió el apellido de los Colón. Serían los Colombo genoveses y, también, los Colom de Barcelona, que la manipulación genealógica hace aparecer en el siglo quince oficial y los hace desaparecer en el dieciséis, a pesar de la notable presencia de Colom en las familias catalanas. En el caso de los de Barcelona, por otro lado, se los hace los responsables de la expropiación de la judería de Barcelona, en el 1391 oficial (siendo realmente unos hechos del siglo dieciocho); los propietarios de los terrenos donde se fundó el Hospital de la Santa Cruz de Barcelona (un hospital que lleva la misma cruz que la de la Orden del Temple), en el 1401 oficial; y los primeros administradores de la banca pública de Barcelona, fundada el mismo 1401. Sobre ellos caería la identidad del misterioso Colón, que en catalán se llama Colom y significa “paloma”. De este modo, se los asocia simbólicamente con el Espíritu Santo y con la paloma que aparece con el arcoíris cuando termina el diluvio de tiempos de Noé, y cuando comienza una nueva era para la humanidad.

Detrás del proyecto de Colón hay, por tanto, un linaje poderoso que, a partir de determinado momento, en el siglo dieciocho, borra su origen dinástico, sacerdotal y judío para servir al nuevo orden cristiano. Por esta razón, existen tantas versiones sobre la identidad de Colón, y nadie se pone de acuerdo en cuál es la más factible. Todas pecan del mismo vicio: buscar una aguja en un pajar, cuando en donde se debe buscar es en toda la paja que lo envuelve.

Las piezas principales del puzle simbólico e histórico que aquí se dibuja son éstas, y el mapa cronológico que las ordena también. Como se ha indicado es sencillo, si bien parece complejo, en especial cuando se trabaja realidad con ficción, y manipulación simbólica y temporal a gran escala.

Láscaris Comneno, J. A. (2011). Visión histórica Hispano Byzantina. Atenas: N. & S. Batsioulas Editorial.

Prawdin, M. (1968). Gengis Kan. Edición original de 1938. Barcelona: Juventud.

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