Israel y el Templo de Salomón, según la Cronología X-185

Imagen anterior: Emblema nacional del Estado de Israel.

Israel y el Templo de Salomón

Según la Cronología X-185

Basado en la Nueva Cronología de Fomenko y Nosovskiy

Índice

ISRAEL Y EL TEMPLO DE SALOMÓN
Según la Cronología X-185

Basado en la Nueva Cronología de Fomenko y Nosovskiy

Resumen
Las dudas sobre la autoridad judía en el contexto de la Edad Media oficial

ISRAEL Y EL TEMPLO DE SALOMÓN

Israel: el Templo de Salomón
El éxodo del pueblo hebreo

LOS TRES TEMPLOS DE LA PAZ SAGRADA

ISRAEL Y EL TEMPLO DE SALOMÓN

Resumen

Israel no fue un estado junto al Sinaí, ni el pueblo hebreo estuvo esclavizado por el Faraón. Por esta razón no hay rastros en Tierra Santa ni en la arqueología egipcia. Israel, en origen, se refería al mundo entero, y se refería al proyecto de establecer la ley de un poder imperial al servicio de Dios. Fue la consecuencia de un pacto, después de una lucha en la que se impuso un nuevo orden. El pacto fue el Arca de la Alianza que narra el Apocalipsis, y Templo de Salomón fue su resultado. De este modo, el Templo se convirtió en un ideal mesiánico que labró la personalidad del pueblo judío, que fue llamado desde Egipto para poner en valor la Ley de Dios hacia más allá del Nilo. El pueblo hebreo fue el pueblo esclavo de Dios, que custodió y puso en valor al Arca. A su vez, el mismo ideal construyó la gloria de un linaje, que se acabó instaurando en Europa bajo la cosmovisión egipcia de un Cristo Horus que se acabaría llamando Jesús.

A lo largo de los siglos quince y diecisiete es la era en que reina el Templo de Salomón, resultado de una Alianza global, entre Oriente y Occidente. Y este pacto incluye acuerdos matrimoniales. Uno de ellos se convierte en el mito provenzal de María Magdalena. De este modo nace un imperio, y se impone su ley, en nombre del orden y la paz de Dios. Es el origen de las escuelas espirituales de todo el mundo, y el inicio de los templos populares. Antes, los templos estaban reservados a los grandes poderes imperiales. El pueblo judío se implanta en Egipto, Anatolia, el Cáucaso y en las tierras desde las cuales contener las fronteras entre los bloques cristiano y mahometano, procedente de Georgia. La historia que narra esta era es la correspondiente a los siglos trece al quince oficiales, en el corazón de la Edad Media, y corresponde a los siglos quince al diecisiete reales.

Pero el Templo de Salomón implosiona en el siglo diecisiete, ocasionando un cambio en la cosmovisión global. Israel se fractura, y con él el templo que lo vio nacer. Los hechos se corresponden con los de la caída del Imperio Romano de Oriente, en el siglo quince oficial. En su lugar, emergen el Vaticano y el Cristo mesiánico, desde Europa, y es necesario repensar el pasado. Debido a ello, el siglo dieciocho es el siglo de la reconstrucción de la historia, en una labor liderada por la Compañía de Jesús, y el siglo diecinueve el de su revisión y consolidación. El sionismo político aparece entonces, cuando el judaísmo toma conciencia de ser una nación sin tierra, en un mundo concebido como un orden desigual entre estados que persisten en su vocación imperial, en el que la Ley de Dios adquiere otras formas. Tras la Primera y la Segunda Guerra Mundial, se deconstruye la cosmovisión imperial (colonial), nacen las Naciones Unidas y se funda el Estado de Israel, en 1948. La gran comunidad hebrea se transforma en un pueblo unido con un estado, el nuevo Israel. Toma el derecho de la historia que han escrito y protagonizado, y reconstruye, de este modo, el valor sagrado de la nueva tierra de Israel.

Las dudas sobre la autoridad judía en el contexto de la Edad Media oficial

En el escenario de una potencial duda sobre la veracidad del mapa histórico construido sobre un calendario dilatado en el tiempo, aparece un actor especialmente desubicado. La historia del “pueblo de Dios”, asociada a los judíos del Israel bíblico y sus descendientes, ha dejado manifestaciones de notables incógnitas.

Después de haber sido un pueblo “bendecido” por Dios, de acuerdo con los textos sagrados, y después de haber sido sometido y luego liberado de los brazos egipcio y babilónico, habría sido sometido a la autoridad política de los romanos, y luego a la de los cristianos y a la de los mahometanos en nombre del mismo Dios. En medio de tantas luchas, habría persistido incluso a las purgas entre las diferentes corrientes cristianas y a los conflictos entre sus pueblos, así como al equivalente entre los mahometanos y a las múltiples y desgarradoras luchas entre los cristianos aliados y los mahometanos otomanos. Todo ello, lo habría conseguido sin reconocer las autoridades simbólicas de Jesús y Mahoma en el grado y el significado que las respectivas cortes sacerdotales les han otorgado. Y esto cuesta mucho de aceptar.

La historia oficial hace de los judíos una comunidad fuerte, unida y poderosa sin autoridad política reconocida, a lo largo de la Edad Media, pero no antes. Desde el siglo siete hasta el siglo quince se los reconoce líderes de los ámbitos de la astronomía, la cartografía, la medicina, el derecho, la filosofía, la mística, etcétera, y, a su vez, se los identifica asumiendo funciones estructurales por el buen gobierno y el funcionamiento de la sociedad como lo son las finanzas, el comercio, la administración documental, las traducciones de obras en varios idiomas y altos cargos de la gestión patrimonial de los reyes, como ocurrió en la llamada Corona de Aragón, hasta el descubrimiento de América. Y todo ello sin -oficialmente- disponer de una nación propia, y manteniendo una religión diferente a la defendida por los papas, reyes, condes y emperadores, califas y sultanes del mundo. Resulta evidente, por tanto, que se trata de una historia sin suficiente lógica, ni sentido ni coherencia interna, salvo que se diese el caso de que sí dispusieran de autoridad, ya fuera política y/o simbólica, pero ésta fuera suplantada por una superior a costa de su borrado. (1)

Por estas razones, a pesar de tratarse de un tema controvertido, sobre la base del análisis riguroso y el contraste de diferentes pruebas, evidencias y contextualizaciones, para reconstruir este capítulo de la historia es necesario poner en duda todo el constructo histórico hasta el fin de la Edad Media o, mejor dicho, hasta el instante en que se consolida la historia oficial, en el siglo diecinueve.

Más allá de las dudas que genera la autoridad judía medieval, para terminar de entender qué hay detrás es necesario, antes, ampliar el espacio de la duda, y trasladarla a todo su contexto. La manipulación es mayúscula. Por ejemplo, existe la evidencia de un hilo lineal entre el arte, la ingeniería, la arquitectura, la ciencia y la filosofía del imaginario grecorromano y el del Renacimiento. Sorprende sobremanera que todo se abandonase y se reconstruyera por si solo después de mil años. Se buscan razones complejas que justifican los mil años que los separa, pero no existe un debate capaz de plantear la evidencia de esta incongruencia, que implica poner sobre la mesa la hipótesis de mil años añadidos. Por otro lado, existe un legado egipcio bien conservado en la forma de sepulcros y papiros egipcios, junto con muebles, objetos y otros documentos, que informan de una cultura avanzada, que la historia oficial sitúa miles de años atrás. Pero en cambio existe el más absoluto vacío equivalente en relación a hechos contemporáneos como el antiguo Israel o Babilonia. Y todo ello forma parte de otro enigma al que se le busca dar explicación. Del mismo modo, tampoco tiene sentido que la antigua Roma, posterior al Egipto faraónico, no haya conservado los documentos escritos, ni los muebles ni los grandes sepulcros para los emperadores o la alta nobleza que sí ha conservado Egipto. Pero también se le da una explicación.

En general, de hecho, no tiene lógica que se declare bien documentado todo lo anterior a la Edad Media, cuando es evidente que es entonces cuando aparecen las civilizaciones y nace el arte, la arquitectura, la política, la justicia, la banca, el control del tiempo, los mapas, las universidades y la ciencia. Antes, era la Edad de Bronce, digan lo que digan los métodos de datación, que siempre toman de referencia el mapa cronológico oficial, incluyendo el del Carbono 14.

Pero se ha creado un pasado legendario para grandes civilizaciones antiguas, y se ha colocado a tiempos inmemoriales la pirámide de Keops, mientras los arqueólogos se aferran a decir que con metales rudimentarios, maderas y cuerdas, se creaban grandes bloques de piedra con precisión milimétrica, que pesan una barbaridad, y se cargaban en barcos (no se sabe cómo) para luego arrastrarlas por la arena y hacer templos monumentales que, por si fuera poco, incorporan leyes matemáticas y un conocimiento excepcional del firmamento. Resulta evidente que todo esto no puede ser contemporáneo a la prehistoria, y que los bloques de piedra son artificiales, hechos in situ, a partir de una técnica que se puede constatar hoy en día. Pero nadie se atreve a contradecir al relato histórico oficial, ni los más temerarios. Un ejemplo es el escritor suizo Erich Anton Paul von Däniken, que en 1968 publica la obra Recuerdos del futuro, en la que llega a la conclusión de que la civilización humana fue instruida por extraterrestres, por lo que la enigmática civilización avanzada de la gran antigüedad queda resuelta. Esto es lo que pasa cuando se juega a manipular el tiempo. La consecuencia es que este hombre ha vendido más de sesenta millones de ejemplares de sus libros, que se ha alimentado la ciencia ficción e, incluso, ha estimulado una nueva espiritualidad. Este espacio especulativo ha resultado ser especialmente productivo para grandes documentales de presupuestos extraordinarios. En el siglo veintiuno uno, ha acabado dando pie a numerosas teorías que versan sobre la lógica de los grandes linajes asociada a alienígenas.

Es decir, hay evidencias de múltiples contradicciones históricas y piezas que no encajan en el mapa cronológico, y,  resultado de una manipulación monumental, se han creado fantasías monumentales.

(1) En este espacio conceptual, adquiere significado el anacronismo histórico de la autoridad judía medieval. Por ejemplo, se encuentra el caso de los Radhanitas, considerados los comerciantes judíos que mantuvieron las rutas comerciales iniciadas en tiempos del Imperio Romano a lo largo de los años 600 y 1000 después de Cristo. Se trata de un colectivo citado por varias fuentes que forma parte de la sorprendente historia del pueblo hebreo. El Libro de Rutas y Reinos, de Ibn Khordadbeh, que se estima fue realizado el año 870, informa con detalle de los recorridos principales de sus rutas comerciales, y de cómo éstas cubrían todo el Mediterráneo, el centro de Europa y Asia, llegando a las puertas de Japón por tierra y por mar, con una especial intensidad en la zona del Roine, en la Provenza medieval, y en Tierra Santa. El libro no encaja con las crónicas de los numerosos historiadores romanos que son recuperadas siglos después (no hablan de ello), ni con la lógica de unos imperios cristianos tutelados por el Papa de Roma, que entienden al Cristo como el último rey de Israel y al cristianismo como la superación del judaísmo por orden y voluntad de Dios. Es decir, pese a que la historia oficial evita contextualizar por activa y por pasiva este libro, de un modo razonable, se asume que los judíos se establecieron como principales comerciantes del mundo conocido, en una hazaña que se dice se inició con el Imperio Romano, el mismo que asimiló al Reino de Israel y derribó el Segundo Templo de Jerusalén. Pero esto no es todo, la historia oficial reconstruye otro episodio equivalente, y posterior. Nos dice que, entre los siglos cinco y doce, la Europa cristiana entró en una etapa oscura, de la que no saldría hasta el siglo trece, cuando Marco Polo inmortalizase la esplendorosa etapa de la Ruta de la Seda, abriendo el camino al comercio global intensivo. Por lo tanto, el libro de los Radhanitas está desubicado en el tiempo pero la historia oficial lo tolera, porque no le queda otro remedio. De este modo, rellena el cajón de los interrogantes que acompañan a la duda de las raíces de una autoridad judía que ha persistido a múltiples cambios de poder y persecuciones.

ISRAEL Y EL TEMPLO DE SALOMÓN

Los vacíos que rodean a la misteriosa autoridad medieval del pueblo hebreo son el resultado de una historia adulterada escrita a posteriori, en la que había que borrar el rastro de esta comunidad, vinculada al orden de un imperio anterior, que tiene que ver con Egipto y Babilonia, pero no en el sentido que le da la narrativa oficial. Por esta razón, a su alrededor se encuentran múltiples anacronismos y notables interrogantes.

La respuesta a las raíces y a la autoridad hebrea está en el significado real del Arca de Salomón, en el Templo que se erigió en nombre de la sabiduría dando la bienvenida a la paz sagrada de un orden mesiánico, por voluntad de Dios. 

Israel: el Templo de Salomón

Oficialmente, Occitania fue el punto de encuentro entre las expansiones árabe y cristiana en Occidente, en que el pueblo o comunidad judía aparece de un modo confuso, al venir sin un brazo militar y sacerdotal aliado asociado a un imperio o nación. Este inicio se comprende entre los siglos ocho y nueve después de Cristo. Extraoficialmente, allí se instauraron unos poderes provenientes de Oriente, y con ellos la comunidad del pueblo hebreo, proveniente de Egipto, que se benefició de un pacto o alianza que incluyó la tolerancia religiosa y permitió el desarrollo económico y el auge de la ciencia (el Arca con las Tablas de la Ley). Fueron los Exiliarcas de Babilonia. Los judíos fueron enviados allí, guiados por Musa Ibn Nusair (Musa significa Moisés, y era el caudillo general de los ejércitos de Egipto) para instaurar el orden del Sello de Salomón y la ley de Dios, al que debían venerar y proteger de otros cultos o devociones. Inspirados por esta misión, los judíos adoptaron de ella su identidad. Incluso, las historiografías árabe y cristiana medievales reconocen que Musa trajo consigo las Tablas de Salomón, siendo este un episodio que la academia de la historia ha transformado en un anacronismo, transformándolas en una mesa (tabla con patas), de Salomón, que se dice se escondió en Toledo. Las equivalencias son múltiples, e incluso es en esta época que se sitúa en esas tierras a la María Magdalena provenzal, asimilándola a otro pacto: un matrimonio que representa una alianza para la gloria del cristianismo real. La alianza existió, fue liderada por Moisés y representó al nacimiento del pueblo de Israel, en Occitania, y en otras partes del mundo.

Los textos sagrados nos dicen otra cosa, y nos ubican en un pasado mucho más remoto, siendo en realidad más cercano de lo que narra la mal llamada ocupación sarracena de Iberia. Pero, estos hechos, según la Cronología X-185, deben comprenderse en el imaginario oficial del siglo trece, cuando se reordena medio mundo, especialmente en Oriente. Este pacto o alianza habría sido protagonizado por la autoridad judía, quien se habría asentado en Occidente proveniente del entorno de Natolia (o Anatolia), el Mar Negro y Egipto, al formar parte de la creación del Templo de Salomón, de la sabiduría, que habría labrado un puente entre Oriente y Occidente, tras la ocupación mongol de Asia y su intrusión en el corazón de Europa. El Arca simbolizaría este nuevo Templo, y desde entonces se custodiaría en Etiopía, en el Alto Egipto, creándose para su protección la figura del Preste Juan de las Indias, que en realidad sería la recién creada Casa imperial de Etiopía, descendiente de los reyes Salomón y Saba, en el año oficial de 1270.

Pero, de acuerdo con esta reconstrucción, el Arca de la sabiduría y de la paz sería un proceso que se impondría en el siglo quince real, siendo un escenario histórico que habría que entender en el contexto del siglo trece oficial. Este escenario coincidió con:

  • la ocupación mameluca de Egipto y de la Tierra Santa (año 1250 oficial),
  • la ocupación mongol de Bagdad (año 1258 oficial),
  • la alianza entre el Imperio de Nicea y la República de Génova en Constantinopla (año 1260 oficial),
  • el nacimiento del linaje de la Casa de Salomón en Etiopía (año 1270 oficial) y
  • el proyecto papal de Aviñón (año 1271 oficial).

La ocupación mameluca representa el retorno de la expansión mongol/tártara a Tierra Santa, de donde procede el poder original, después de haber tomado posesión de Eurasia, incluyendo China y la India persa, llegando en sus expediciones hasta el Japón y el continente americano. Allí se toma el control del imperio y se establece un ejército sagrado que perdurará hasta tiempos de Napoleón. Dos ciudades lideran el renacido Egipto, Alejandría y Babilonia, llamada “la victoriosa” y conocida como El Cairo, y diversas ciudades sagradas se implantan en el resto del imperio. La historia antigua lo asimila a la ocupación babilónica de Egipto, mientras que la historia medieval lo asimila a la ocupación mongol. A su vez, la historia cristiana lo asimila a la evangelización europea y a la equivalente nestoriana en Asia, bajo el paraguas del Preste Juan, dejando grandes anacronismos, ya que el Preste se lo asimila tanto a los nestorianos como a los mongoles.

La ocupación mongol de Bagdad sienta las bases del poder persa que se establece allí desde entonces, y perdura hasta la actualidad bajo la forma de la autoridad chiita iraní.

La alianza entre los turcos de Nicea y los genoveses de 1260 (equivalente al 1445) representa el resultado de un tratado de paz que se simboliza en el Arca de la Alianza, tal como ha quedado escrito en el capítulo 11 del Apocalipsis. Hasta cinco veces aparece la cifra 1260, y dicho capítulo culmina con la aparición del Arca, con un especial significado. El 1260 representa el borrado de un libro anterior, que sería la historia real, bajo el testimonio de dos agentes, que según Isaac Newton son dos cortes sacerdotales. Es decir, se nos dice que el Arca es un pacto entre dos cortes, que serían la mahometana y la cristiana. La primera honoraría al nuevo emperador mongol, Mahoma, y la segunda a un renacido emperador greco-egipcio original, Cristo. Y ambos serían un mismo linaje (Abraham). Por esta razón en el capítulo 11 se habla de una resurrección, siendo el retorno de la autoridad de Cristo, que nace literalmente en el Capítulo 12, inmediatamente después de la llegada del Arca “del templo de Dios”. Y esta resurrección nace con el icono de María Magdalena, quien sería una princesa india, hija del Preste Juan, que casaría con un caballero de Occidente y simbolizaría este pacto. De este modo, el Arca y el Ungido, Cristo, asociados a Salomón y a María, se implantan con fuerza en Occitania representando los poderes de Dios y de su Sabiduría, naciendo con ellos el papado de Aviñón, guardián de las dos llaves de este testimonio (el Arca), y la Orden del Templo de Salomón. 

Entendido esto, se comprende por qué nace en 1270 el linaje de Salomón y de Saba en Etiopía. Allí se traslada el Arca, custodiada por el Priorato u Orden de Santa María de Sion en Axum, en la Iglesia de Nuestra Señora de Sion. Ellos son el poder del Preste Juan, y de ellos son vasallos los seguidores de Cristo y de Mahoma, cuyo elemento neutral son (de acuerdo con esta lógica) el pueblo judío, garante del secreto de este Arca, que se encargarían de proteger por voluntad de Dios. Este orden se mantendría hasta el siglo diecisiete, momento en el cual se transformaría en el proyecto mesiánico de Cristo. Debido a ello, el pueblo judío se vería sometido a su estigmatización y se le obligaría a cristianizarse, en una persecución que incluiría la destrucción de la autoridad cátara (cristianos gnósticos) y la definitiva mutilación de los templos politeístas greco-romanos y egipcios. El Preste desaparecería y en su lugar nacería el Papa de Roma, aunando los símbolos de la doble llave del Arca (proveniente de Aviñón) y los del Preste (la Triple corona y la Triple cruz). A su vez, se mantendría el linaje de los emperadores de Etiopía y la iglesia copta custodiaría el Arca de la Alianza en Axum, preservándola allí como un anacronismo histórico desubicado del sentido común, e ignorada por las cortes sacerdotales judeo-cristianas. Pero el secreto se mantiene en este reparto de poderes. Por esta razón, en el año 2004, el emperador etíope destronado, Zara Jacob, funda la Orden de Santa María de Sion en Etiopía, después de la publicación de la famosa novela El código Da Vinci de Dan Brown en 2003, que se hace pública tres años después de la muerte de Pierre Plantard, quien se definió como el último descendiente merovingio de María Magdalena, según la tesis del Priorato de Sión francés que surge de unos misteriosos documentos encontrados en Rennes-le-Château, al inicio del siglo veinte. Y, por la misma razón, dichos emperadores nunca se han dejado de significar como guardianes del Arca. Su Alteza Imperial Zara Jacob instituye la Orden Imperial del Arca de la Alianza, y en ella da el significado de su “sello”, siendo una evidencia de su significado apocalíptico (los sellos del libro de la profecía, donde cada sello es un pacto con Dios). Dice:

“La leyenda del maravilloso sello lunar que Salomón recibió del cielo, es común al cristianismo, al judaísmo y al Islam. El Sello de Salomón, que tiene su base en el suelo y cuyo ápice llega al cielo, simboliza la armonía de los elementos opuestos; su significado es a un tiempo múltiple y pluricultural. Refleja el orden cósmico, los cielos, el movimiento de las estrellas en sus esferas propias, y el flujo perpetuo que se establece entre el cielo y la tierra, entre los elementos aire y fuego. El Sello, por lo tanto, representa la sabiduría sobrehumana y el gobierno por gracia divina. No es impropio llamar al hexagrama del Sello la estrella de David” (del libro Catálogo de órdenes extranjeras en España, de 2007, de Montells y Galán)

La estrella de David sería el emblema del Sello de Salomón, del Arca, que se convertiría en el emblema del sionismo político judío, desde el Primer Congreso Sionista de 1897. Antes, sin embargo, se habría apropiado de él la Casa imperial etíope en 1874, al crear la Orden del Sello de Salomón, cuatro años después de la capitulación del Papa, al perder los Estados Pontificios ante el rey Víctor Manuel II de Saboya. Anteriormente, este sello habría sido difundido por la comunidad árabe y los judíos cabalistas, como Sello de Salomón, con el mismo significado que se le da en el texto anterior. Es decir, se trata de un símbolo competido por el sionismo judío y el Imperio Etíope, relacionada con un pacto común, que en nombre del sionismo francés se le ha relacionado con María Magdalena. 

Por esta razón, la Aviñón papal nace en el 1271, un año después de la Casa imperial etíope. Este episodio coincide con la llegada del pueblo hebreo a estas tierras, que viene de la mano del Arca de la Alianza junto a la estrategia de un doble matrimonio. Y es allí donde Israel, del linaje del rey David, adquiere mayor significado, junto al resto de Europa, hasta Georgia, que es de donde procedería su poder. De ahí proviene la gloria del rey David, de Georgia, que la historiografía oficial ha hecho hijo de los reyes Jorge y Elena, y lo ha emparentado con el “Cristo” Andrónico Comneno; haciendo de Georgia, a su vez, la gran aliada de los nietos de Andrónico, Alejo y David, quienes fundaron el Imperio de Trebisonda, en Anatolia, en nombre del Imperio Romano. En cierto modo, ellos fueron los artífices del Sello de Salomón, que uniría a todas las religiones de raíz hebraica y con la cruz roja de Georgia, y de San Jorge.

Se iniciaba así la Pax mongólica que la historia oficial sitúa en los siglos trece y catorce, y la Ruta de la Seda, y, con ella, el Templo salomónico o paz sagrada que lo haría posible. El pueblo o comunidad judía protagonizaría este episodio gozando de una posición privilegiada, desde sus inicios, asumiendo la responsabilidad de preservar el Sello de Salomón, el Arca, como una misión ideada por Dios. 

El éxodo del pueblo hebreo

El pueblo hebreo, según se deriva de este encaje histórico, provendría del entorno de Georgia y se extendería por toda la Tierra Santa, que incluiría desde Egipto hasta el Mar Negro. Resultado de la paz sagrada, se instalaría en la forma de comunidad en lugares estratégicos como la Babilonia del Nilo, conocida como el Cairo, y donde se asentaría el Sultán de Babilonia; así como en Natolia (Anatolia) y el oeste y el centro de Europa (los Ashkenazís); el sur de Europa Occidental, empezando por Narbona, en una expedición conocida con el nombre de los Exiliarcas de Babilonia; en el norte de África; y en Hierusalem, donde se rendiría el culto a la paz sagrada del Arca de Salomón (el Santo Sepulcro, desde el cual Cristo y Mahoma ascendieron a los cielos); así como en menor número en el entorno persa de la antigua Mesopotamia. Más adelante, en una segunda expansión, ocasionada por los cambios del poder y su persecución, se asentaría en el resto de Europa y del mundo. En este sentido, en lo referente a Narbona, desde allí se extendería y fructificaría una importante comunidad que la historiografía identifica con los Sefardíes, si bien existió otra, catalana, diferenciada, que se mantuvo en el exilio hasta el siglo veinte, y hubo una gran presencia judía en el resto de Occitania, con sede principal en Aviñón, en un entorno en el cual se instalaría la Orden del Templo de Salomón, quien extendería por toda Europa la cruz roja que compartiría con Georgia.

El pueblo hebreo emigraría junto a otros pueblos, algunos de los cuales se habrían trasladado en etapas anteriores. Pero su empresa estaría marcada por las leyes de una misión, pactada en el Arca de una Alianza global, cuya visión implicaría el establecimiento del orden, las leyes, de un Dios justo y benevolente que se debía obedecer, tal como ha quedado escrito en el libro del Deutoronomio de la Torah, escrito por Moisés. Por esta razón, sería autor principal de esta paz mesiánica que, como se ha apuntado anteriormente, no sería otra que el Arca de la Alianza de Salomón. Ellos habrían construido un texto sagrado de la expansión o éxodo de Egipto que se habría extendido por todo el mundo conocido. Ellos representarían al pueblo egipcio que inició la expansión de su cultura, y crearon el imaginario de Yahvé, el dios que dirigió esta epopeya. La Torah narra y glorifica, desde entonces, las tablas de Moisés custodiadas por el Arca (de Salomón), y el proyecto de paz que transformaría la cosmovisión global, siendo el puente al desarrollo de la civilización moderna que el pueblo judío nunca ha dejado de liderar. El Deutoronomio, el último libro de la Torah, resume este episodio, desde la llegada a Egipto hasta su posterior salida, camino a la Tierra Prometida. Allí se informa de las leyes de esta misión, que incluyen el no volver, y establecer en Canaán el poder de los reyes elegidos por Dios, de entre sus hermanos, para la gloria de Israel. El poder egipcio habría extendido y desde Georgia habría devuelto como pueblo hebreo en la Tierra Santa egipcia para, desde allí, cumplir la misión de establecer la paz de Dios en el resto del mundo.

La historia oficial ha ubicado esta empresa de ocupación territorial junto a Egipto, tras cruzar el Sinaí, hará miles de años. Pero según la Nueva Cronología se trata de otro proyecto, destinado a ocupar todo el mundo, que tuvo lugar en la Edad Media. Es decir, Israel tendría una visión mesiánica alineada a un proyecto, que impregnaría el carácter de la comunidad judía, y sus reyes formarían parte de su pueblo, con lo cual se comprende que están intrínsecamente relacionados con los poderes monárquicos de Tierra Santa y de toda Europa. ¿De qué modo? Probablemente formarían parte de la nobleza sacerdotal, funcionarial, intrínsecamente vinculada con los poderes imperiales provenientes del Gran Egipto. Formarían parte del pueblo del rey David (de Georgia), y, de un modo singular, del linaje de la Casa Imperial de Etiopía, descendiente de los reyes Salomón y Saba.

Moisés, el Arca, la paz sagrada y la Torah nacerían conjuntamente, en el siglo quince real, no antes. Después vendrían el resto de libros sagrados, la Biblia cristiana y el Corán, los dos últimos en torno a la autoridad imperial asociada a los grandes profetas, y, en el caso del judaísmo o tradición mística del pueblo garante del Templo de Salomón, la Cábala y el Zohar, de la mano del judaísmo rabínico asentado en Aviñón y extendido por Occitania, Catalunya, Provenza, Italia, el resto de reinos de la península Ibérica y el norte de África. Su ejército, en este caso tutelado por una autoridad imperial, sería el de la Orden del Templo de Salomón, antes de transformarse en la Orden de San Juan Bautista. Se dirigiría desde Aviñón (con sede en Sant Geli) y desde Rodas, y estaría asociado al garante del Arca de Salomón, el Preste Juan de Etiopía (que a lo largo de los siglos sería, también, la Casa imperial de Etiopía, de Salomón), antes de transformarse en el icono de Juan el Bautista según el imaginario del Nuevo Testamento oficial.

Desde Aviñón se crearía la alianza tácita y pactada europea de los poderes imperial y sacerdotal bajo la protección de la paz sagrada, que bendeciría, también, a un cristianismo gnóstico asociado a la realeza, como también lo estaría el Krishna y el Buda, antes de convertirse en el Cristo mesiánico (siguiendo el modelo del mesías judío de Moisés Maimónides, quien lo concibe como una era ideal). Jesucristo sería transformado en el último rey de Israel y el fundador de una iglesia universal con sede, esta vez, en la Roma italiana. El último rey de Israel representa a la llegada del Rey Dios definitivo y, a su vez, es un mensaje dirigido a poner fin al Templo de Salomón, que desvincularía desde entonces a los reyes con Dios, representando al nuevo orden sagrado. Antes de Roma, la sede principal habría sido Babilonia, así como Constantinopla y Trebisonda, en el mar Negro de Natolia, en honor al emperador genuino, y Aviñón vendría a ser una segunda Babilonia. 

Judaísmo, Islam, Cristianismo, Budismo e Hinduismo, con todas sus derivaciones, emergen con fuerza desde el siglo quince después de Cristo, bajo el ideal original de la deidad imperial y sacerdotal egipcia, que da pie también a la iconografía politeísta greco-romana antes de ser substituida por la iconografía judeo-cristiana actual. Emergieron en un contexto de paz simbólica, que les permitió institucionalizarse y difundirse. El proyecto, que nace en el Egipto persa, crea distintas tradiciones espirituales y durante cierto tiempo convive bajo el ideal de la iniciación mística y el culto a un doble imperio, el político o civil y el espiritual o simbólico, en que se impone la libertad de culto. Pero en los siglos dieciséis y diecisiete reales (los catorce y quince oficiales) entra en crisis, y es entonces cuando este orden, salomónico y tutelado por el Preste Juan desde el Alto Egipto, se substituye por un proyecto colonial bajo el ideal mesiánico, judío, de un Cristo, que se erige como un símbolo universal bajo la inspiración de Maimónides y el diseño sacerdotal de la nueva Roma, italiana y católica, del Vaticano, que substituye a la autoridad de Aviñón. Esta gran empresa da lugar a múltiples mutaciones y al imaginario del último rey de Israel, para de este modo atraer a la comunidad judía hacia un nuevo templo del pueblo de Dios. Por ello se inicia la reconstrucción integral de la historia, que transforma a Jesús en el Salvador, y se arma a la Compañía de Jesús para este fin, junto a un ingente ejército militar e inquisitorial. Todo ocurrió entonces, a lo largo de los siglos diecisiete y dieciocho, pero no fue capaz de unir la desunión creada. A cambio, creó el escenario de una irreconciliable fractura alrededor del nuevo templo de Jesús, que perdura hasta la actualidad.

Así pues, en el siglo quince real se crea la paz sagrada del Templo de Salomón, pero en el siglo diecisiete tambalea. Es un episodio que la historia oficial refleja en el siglo quince, con la caída de la Roma de Oriente y el inicio de la gloria de la de Occidente, la Roma italiana que reconstruye el Vaticano. En este instante histórico, tiene lugar un cambio radical de los poderes simbólico y terrenal, con consecuencias extraordinarias, hasta el punto de ser la chispa de la cosmovisión del actual relato histórico oficial, que se reconstruye desde el siglo diecisiete y muy especialmente a lo largo del siglo dieciocho, completándose y reinterpretándose a lo largo de los siglos diecinueve y veinte.

De este modo, el judaísmo rabínico inicia un segundo éxodo, en este caso para protegerse de las amenazas surgidas, y el caraíta también. En este instante, la Babilonia del Nilo se interviene por los otomanos, ante el riesgo de escisión cristiano y judío, y se inicia la fractura definitiva entre las comunidades cristiana y mahometana. El Templo de Salomón se ve fracturado y se divide entre los poderes imperiales. Se acaban los deberes y los privilegios judíos, y todo aquello por lo que han trabajado como pueblo.

Desde entonces, los pueblos del mundo se reordenan, algunos de ellos se ocupan y se sacrifican, y con ellos mutan los brazos sacerdotales y el significado religioso, con distintos grados de convivencia. Pero, con el debilitamiento del Templo de Salomón, en los siglos diecisiete y dieciocho, el pueblo judío, cuya misión era difundir la voluntad de Dios en base a unas leyes que se debían cumplir, sin nación propia, tiene que buscar refugio. Con el tiempo, pasa de ser una comunidad fiel a la lucha de un ideal labrado por un Dios justo, soberano y piadoso, a ser un pueblo unido a una Tierra Santa, Jerusalén, que lo une a su origen y tradición, junto a las comunidades cristiana y musulmana o mahometana. Por esta razón, y no por otra, Europa toma el control de Egipto y Tierra Santa, aliada con los otomanos, en el siglo diecinueve, y es entonces cuando el sionismo político emerge con fuerza. Los hechos de la Primera y Segunda Guerra Mundial, y la posterior fundación del Estado de Israel, en 1948, labrada en el seno de las Naciones Unidas, que aparecen bajo el paraguas de las naciones aliadas vencedoras de la segunda gran guerra, forman parte de los últimos capítulos de esta epopeya.

Esta reconstrucción del mapa cronológico, por tanto, permite enlazar la vitalidad del pueblo judío medieval con los hechos de los siglos diecinueve y veinte, siendo el dieciocho el siglo de su disolución histórica. Por esta razón, el sionismo moderno y la Cruz Roja y de la Media Luna nacen en el siglo diecinueve, siendo proyectos herederos del espíritu mesiánico del Arca que se fractura entre los siglos diecisiete y dieciocho. Es entonces cuando la comunión judía toma conciencia de ser un pueblo sin nación, que reclama dignificar su historia, coincidiendo con el auge de los nacionalismos por toda Europa, en plena reconstrucción histórica.

Entre los siglos dieciocho y diecinueve el proyecto del Arca fracturada se reconstruye, en copias que compiten entre sí. La francmasonería, que nace al inicio del siglo dieciocho, es un espacio mutado del Templo de Salomón, y en él se asocia el grado de la perfección con la ceremonia del Arco Real, que hace referencia al Templo. Este Arco une dos columnas, que hacen referencia al acceso del Templo de Salomón (y a los dos poderes del Imperio), y la leyenda de la ceremonia se sitúa en el episodio bíblico del retorno del éxodo de Babilonia, en el que se indica que tres reyes o sabios vuelven a Jerusalén a buscar las ruinas del Templo. Se trata de un rito iniciático, que conmemora el proyecto de reconstruir el Templo perdido, y dialoga con la tradición cabalística y con los Reyes Magos de Oriente. De otra forma, en Roma aparece el proyecto de un Papa universal con sede en el Vaticano, que honora a sus raíces egipcias y hace de Roma un nuevo ideal, sustituyendo la autoridad del Preste Juan de Etiopía y apropiándose de sus símbolos. El espacio mutado es el Templo de Salomón en nombre del Mesías, y este bloque acaba creando, desde Barcelona, París y Roma, la Compañía de Jesús, con el lema IHS, que significa “Iesus Humilis Societas” (Compañía Humilde de Jesús); “Iesus Hominum Salvator” (Jesús, Salvador del Hombre); y “In hoc signo [vinces]” (Con este signo [vencerás]), entre los años 1719 y 1725 reales (los 1534 y 1540 oficiales), coincidiendo con las negociaciones de paz de toda Europa que acaban con el Tratado de Viena de 1725. Después de décadas de luchas entre alianzas imperiales cristianas, que lideran un pulso por el control de la Orden del Templo, y entre mahometanos y cristianos, por el control de la Tierra Santa o su imperio original, se establece un nuevo orden mundial, en el que el ideal de un templo sagrado para la paz mesiánica universal tiene otro significado.

Tal y como documenta Isaac Newton y constata la Cronología X-185, este último episodio tendría su relato sagrado en el libro del Apocalipsis o profecía de Juan. En él se transcribe, de forma literal al tiempo que parabólica, toda la historia real, sagrada, de una epopeya de apenas cuatro siglos proféticos, desde el trece al diecisiete reales. Entonces, y no antes, se reconstruye la historia y sus símbolos, incluyendo las genealogías, los documentos y las crónicas que hoy en día se consideran reales y ocupan espacios preferentes en las librerías y en las mentes eruditas.

LOS TRES TEMPLOS DE LA PAZ SAGRADA

La implantación del imperio original, que la historia transforma en una extensa crónica dilatada, se estructura en tres etapas, que representan a los hechos de los siglos trece al dieciocho reales. Y cada etapa se corresponde con un Templo a la paz sagrada, en que las dos primeras se asimilan a los dos templos de Salomón o de Jerusalén, que narran los textos sagrados, y la última a la Nueva Jerusalén profetizada en el Apocalipsis.

De este modo, la Cronología X-185 traza tres grandes ciclos históricos que apuntan a una nueva era, que apenas empieza. Cada era se puede asimilar a un Templo, por lo que los dos primeros serían los dos templos de Salomón, siendo en realidad greco-egipcios, el verdadero Israel, y el tercero el de Jesús, en competencia con el de Mahoma.

1r. Templo: representado por Troya, desde donde se extiende el imperio. Se mantiene hasta que cae en el siglo quince, resultado de la lucha por el control de Egipto y el reparto de las tierras ocupadas, en el cual se pacta dividir el centro del imperio entre los dos líderes principales y su séquito, ocasionando una migración de los pueblos centrales hacia la periferia, para su control. China, Japón y parte de América restan bajo el poder intruso tártaro/mongol, junto a la India persa y Europa, pero está en juego el dominio del centro del imperio, el Gran Egipto. Hasta entonces Israel es todo el mundo. El pueblo hebreo protagoniza parte de la expansión inicial, la documenta y participa del pulso entre dos poderes en competencia, que acaban sellando la paz de Salomón. Se erige como tercer gran poder, ocupa espacios estratégicos y construye a su vez una escuela mística propia. El imaginario politeísta domina pero se extiende el poder del rey Sol o Dios omnipotente asociado a un proyecto imperial, dando lugar al Dios Yahveh.

2o. Templo: representado por Babilonia, resultado de un pacto de paz, del Arca de la Alianza que custodia las tablas de la Ley de Moisés. De lo contrario, Troya se convierte en Constantinopla y aparece Hierusalem en Palestina, junto con la Meca y Medina, donde se honra a los emperadores que labraron el imperio y el Arca, respectivamente, haciéndolos semidioses: Cristo y Mahoma. Las rocas sagradas honran su fundación. Paralelamente, desde Georgia y Aviñón se honora a la figura de la reina María Magdalena, haciéndola un icono asimilable a la Madre de Dios, quien recompone la autoridad del imperio asociado al linaje del rey David, de Georgia. Israel adquiere una de sus principales representaciones en Iberia y Occitania, conciliando a los pueblos árabe y cristiano, por medio de la autoridad judía, que se ubica en las tierras fronterizas entre los mahometanos y los cristianos. En el terreno simbólico, los reinos bíblicos de Israel y Judea representan a los dos poderes principales, de Occidente y de Oriente, en honor de esta hazaña. Se reescribe la Torah y después de ella surgen otros libros a medida que la epopeya continúa, dejando paso a la ciencia, el derecho y la mística cósmica con diferentes variantes. El pueblo judío convive con otros pueblos al servicio de los gobiernos, el cultivo de la ciencia y de la cultura, la administración y el comercio, asumiendo su propio destino. A su vez, nacen varias cortes sacerdotales para la universalización de la paz de los emperadores, en el seno de la tradición genuina de un imperio sacerdotal de raíz egipcia sobre la que se acaban erigiendo iconos equivalentes, con distintos nombres y representaciones, asociados todos ellos a la autoridad terrenal que dibuja el mapa geopolítico (en cada gran región una gran escuela). El Templo evoluciona y se mantiene hasta que se resquebraja la paz en el corazón del imperio, donde se asientan cristianos y mahometanos y la Casa de David, a lo largo de los siglos diecisiete y dieciocho, resultado de la competencia política, económica y simbólica, en todos los sentidos. Como resultado, desde Europa se propone una unificación de los poderes simbólicos que resultan ser más poderosos para el control de las conciencias, alrededor de un profeta principal mesiánico que sirva de guía. Jesús y Mahoma enaltecen. Roma toma la iniciativa de Babilonia. Italia substituye a Egipto, y el Papa al Preste Juan. Jesús el Mesías sustituye al Templo de Salomón con otra alianza simbólica: la Santa Cena.

3r. Templo. Es un proyecto. Primero es un proyecto papal que se llama Nueva Jerusalén pero se representa en Roma, y ahora es el proyecto de las Naciones Unidas, con el Estado de Israel en Tierra Santa. Nace y evoluciona en gran medida en la tierra occitana (que llega hasta Ginebra, Suiza), resultado de una purga simbólica que afecta a los cátaros, los judíos y los templarios, todos ellos herederos del Templo de Salomón, que luego enfrenta a los cristianos contra los mahometanos en Iberia y el norte de África, mientras un conflicto equivalente se desarrolla en el este europeo. Israel se tambalea. El nuevo Templo fracasa en su misión global pero sienta las bases de la colonización y el actual mapa cronológico, que termina absorbiendo todos los calendarios místicos (con pasados ​​simbólicos). Los pueblos y tradiciones mutan, y los que no lo hacen son destruidos y/o estigmatizados. La empresa de Napoleón se enfoca a reconstruir el imperio perdido, pero fracasa y con ello reescribe de nuevo la historia. Se desmantelan el Imperio Español, el Sacro Imperio Romano Germánico y la República de Génova, e Italia se fractura junto con la autoridad del catolicismo, que se ve obligado a renunciar a parte de sus privilegios y propiedades de todas partes. Suiza y la Francmasonería toman vigor. A lo largo del siglo diecinueve se recomponen los poderes, los Estados Pontificios desaparecen y el Papa se hace más débil, mientras se reaviva la Casa imperial etíope y el sionismo político judío, y aparece la Cruz Roja y de la Media Luna. A su vez, el régimen capitalista colonial crea una sociedad desigual, y emergen el comunismo y grandes revoluciones sociales. La Primera Guerra Mundial es un aviso para los poderes imperiales herederos del segundo Templo, que se ven todos ellos debilitados, en especial el ruso, el chino y el otomano. Turquía y Grecia se dividen, mientras Rusia y China abrazan el comunismo tras las agresiones y el colapso del proyecto colonial. El Sacro Imperio Romano Germánico y el Papa no pueden resurgir. Asimismo, se sienta la raíz del nuevo Israel, bajo el protectorado inglés. El fascismo, nazismo y el catolicismo se levantan en España, Alemania, Italia y Japón, y se construye un contrapoder. La Segunda Guerra Mundial es el intento de reponer un poder al modelo imperial, al estilo del primer Templo y bajo el ideal del proyecto católico del tercero, a costa de los pueblos y naciones que representan al segundo Templo y aún sobreviven, y a costa de la libertad de conciencia. Por esta razón, Japón invade Manchuria y desde Italia se invade Etiopía y se destruye la Casa imperial de los reyes Salomón y Saba, mientras que en Grecia y en España el fascismo toma el poder al republicanismo; y el nazismo somete a los judíos y luego a otras naciones hermanas, hasta que estalla la Gran Guerra. Pero el proyecto de un nuevo orden imperial fracasa y aparece Israel como una nación estratégica que no renuncia a rehacer el Templo de la sabiduría y de la paz, en nombre de un tercer templo alternativo con una renovada visión mesiánica, de la mano de las Naciones Unidas, a la vez como refugio del pueblo judío.

Pero empieza la Guerra Fría y Oriente no lo ve con buenos ojos. El sacrificio ruso, chino, árabe y otomano, tras las incursiones inglesa y francesa de los últimos dos siglos, y de una larga lista de desprecios acumulados por parte del bloque cristiano europeo, en especial el católico, hace que la paz de la postguerra se encuentre en crisis y en desunión. El pueblo judío (y el gitano), se recuperan de las heridas del genocidio, desde diferentes posiciones de poder. El Papa recapacita y acepta la diversidad religiosa, en el Concilio Vaticano Segundo de 1959 a 1965. Se acumulan muchas heridas y el nuevo escenario nace hostil y se mantiene inestable hasta la actualidad, resultado del sistema político, económico y simbólico imperfecto que entre todos y a lo largo de múltiples generaciones hemos creado. La construcción de la historia oficial, a medida de un proyecto cristiano que rompe con el valor de la comunión imperial egipcia (a diferencia de la tradición judía), no facilita esta reconciliación. Pero, sobre todo, no lo facilita la construcción de los poderes simbólicos y su constante mutación, en la medida en que se han convertido en instrumentos de un poder que ha abusado de ellos, enfrentando a los pueblos entre sí. La Nueva Cronología, en especial la línea X-185, ayuda a comprenderlo. 

El éxodo, la diáspora, el genocidio y la reconstrucción de Israel es el hilo de Ariadna de la Cronología X-185.

Dedicado a M.F.

Andreu Marfull Pujadas
8 de Septiembre de 2019

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