Competencia y crisis global, el estado de la cuestión

Competencia y crisis global, el estado de la cuestión

El escenario propuesto por el imperio mundial de la economía política, en un mercado cada vez más exigente, intenso e imprevisible, es promover el estímulo controlado de la competencia por el bien de todos y todas. ¿Correcto? Sí, si se da por bueno el discurso o narrativa oficial, de quien vela para alcanzar un bienestar material a escala global, pero No si se analiza de qué manera se garantiza este escenario, y qué representa.

Una de las pruebas más evidentes de la irracionalidad del régimen o sistema neoliberal que la humanidad ha instrumentalizado en nombre de la economía global es el hecho de que no corrobora el mito del progreso material universal que se promueve. Pero darse cuenta de ello no es suficiente, también hay que entenderlo para saberlo conducir, aunque (aparentemente) parezca un ejercicio utópico o contradictorio. Parece utópico porque todo está relacionado, y cambiarlo todo no parece una vía razonable. Y parece contradictorio porque existe la opinión generalizada de que se han alcanzado grandes progresos con el estímulo de la competencia, aunque estos no beneficien a todos por igual. Asimismo, hay una manera de observar lo que hemos creado que nos permite comprender hasta qué punto es irracional: el proceso de urbanización global, tanto del espacio urbano como del rural, nos muestra el resultado del libre mercado en competencia, cómo participamos activamente de ella y cómo altera el clima, la matriz biológica, las sociedades humanas y el equilibrio cultural. En apariencia, cuestionar como se amontona la población humana en grandes aglomeraciones urbanas y comprender su reflejo paralelo en la ejecución sistemática de grandísimos sectores destinados a la exploración masiva, es abrumador, porque todos participamos hacia este fin. Pero es a la vez una vía de análisis que permite establecer las relaciones, y apuntar a los fundamentos irracionales de la competencia legitimada en una economía global. Por esta razón, conviene contextualizar debidamente qué es la competencia, a quién beneficia y cuál es su proyecto real, y evitar caer en los tópicos consolidados que defienden este Orden Global, ya que dificultan su análisis. Hacerlo es una forma liberadora de comprender que es, de hecho, la causa de la Crisis Global de los Valores Humanos Universales, de los valores, razones y significados de todo lo que hasta ahora hemos dado por bueno colectivamente.

La intensificación del estímulo de la competencia es el resultado de priorizar la expansión de la masa monetaria, promoviendo la ampliación del mercado económico con múltiples créditos e inversiones (creando una deuda expansiva y estructural), que facilita la acumulación y la reproducción sistemática del capital. Y lo hace quien tiene capacidad para reproducir este modelo y beneficiarse de ella; lo hace y lo fomenta compulsivamente el Poder Establecido.

La instauración legal de un sistema de competencia privativa basado en la creación de plusvalías tiende a crear grandes mercados (monopolios) y a crear grandes capitales (resultado de la actividad económica y financiera) que, por norma general, son destinados a concebir la creación de nuevos mercados que (idealmente) generan nuevas plusvalías derivadas del rendimiento del capital. Es, por tanto, una norma, no un proyecto en sí. Esta situación propicia varias contradicciones, como la inestabilidad que esto genera, una acumulación desigual del lucro que se obtiene y una sobreexplotación de los recursos y las sociedades, mientras se expande la masa monetaria, una deuda creciente y múltiples episodios de lucha o tensión geoestratégica para su control. Paralelamente, se urbaniza el mundo y se planifica sistemáticamente su sobreexplotación para fines económicos, en un escenario donde la especie humana se ve abocada a una competencia extrema entre los individuos y las comunidades colectivizadas en la forma de élites, grupos sociales y/o estados, donde (casi) todo vale. En este modelo los valores universales son utopías siempre incumplidas, a medias, y no tienen ningún rigor. La utopía del progreso se convierte, por tanto, sólo en un motor simbólico que facilita el imperio de un mercado global irracional basado en el paradigma de la libre competencia.

El mercado global es eminentemente un constructo especulativo cuando se observa su dimensión conjunta, y es la causa fundamental de la crisis ecológica y humana en que vivimos. Esta evidencia se contrasta con dos observaciones complementarias. En primer lugar se encuentra la creciente contaminación y el cambio climático, las dificultades en ponerle freno y el consumo excesivo de los recursos naturales derivados del derecho a la explotación creciente que promueven los tratados internacionales. Esta norma minimiza los riesgos cuando son costes y los convierte en cargas estructurales, y supedita a los marcos legales que, en los estados, se articulan en nombre de constituciones. Esta situación está relacionada con el creciente proceso de urbanización y la incapacidad técnica de promover cualquier planificación efectiva del espacio a escala global que lo racionalice. En segundo lugar, en el terreno sociocultural, se encuentra la creciente desestabilización o atomización de las sociedades, que se ven abocadas a la competencia (y a la lucha), siendo una realidad que tiende a alterar y debilitar la capacidad de reacción política y social. Territorio, sociedad y economía política participan de este irracional proceso competitivo, conjunta y globalmente, mientras se beneficia una ínfima parte del territorio y de las personas.

Los recursos naturales y las sociedades están expuestos a la inestabilidad sistémica, compleja y desregulada del movimiento del capital y, como resultado, esta presión ejerce un gran impacto en los territorios y en las sociedades de todas partes, sin excepción, provocando la transformación geográfica intensiva y desigual de la actividad humana, su inestabilidad estructural y un proceso exponencial de urbanización al servicio de la actividad económica a escala global sin ninguna planificación. La especulación es la norma básica para ejercer el derecho competitivo a explotar los recursos y las sociedades. La autoridad de la riqueza biológica destruida innecesariamente no puede hacer nada y el resto de la población humana colabora en perjuicio propio, ya que si no lo hace sufre la pobreza material extrema. ¿Por qué sufre esta exclusión? Pues porque la humanidad hace tiempo que ha perdido el derecho natural de beneficiarse libremente de los bienes que nos ofrece la naturaleza. Haciendo una lectura histórica, el origen de esta realidad es una apropiación indebida de los bienes y de los recursos humanos y naturales, resultado de la regulación de los derechos de propiedad a los que la humanidad nunca ha renunciado. Haciéndolo ha estipulado la norma fundamental del derecho a beneficiarse de ella y, de rebote, el derecho a competir. Es decir, del derecho colectivo al libre beneficio de los bienes naturales hemos creado el derecho a la libre empresa para competir por el beneficio privado. Las “Constituciones” son, básicamente, el texto legal que lo instaura todo el mundo y representan al Poder Social. Los “Tratados Internacionales” son el espacio del Poder Económico. Las Constituciones se supeditan a los Tratados, y haciéndolo el Poder Económico impone las propias leyes al Poder Social.

¿Y como se puede invertir este régimen o norma fundamental legalmente instituidos?

La suma de las múltiples finalidades del mercado económico (de toda empresa, proyecto o plan financiados por la banca y avalado (o no) por los estados y las alianzas internacionales) es promover plusvalías eminentemente especulativas, no crear un crecimiento armónico y equitativo, ya que este escenario implicaría racionalizar el estímulo de los sectores económicos privativos (la inmensa mayoría), abandonar el proyecto financiero (privativo) que mantiene el estímulo de la competencia para el lucro económico, y renunciar al marco legal que ampara el derecho privado a enriquecerse a costa de múltiples cargas -y consecuencias- que no son atendidas. Es decir, desmonta todo lo que hemos erigido como el Orden Global que rige el Libre Mercado.

Técnicamente, para conducir la actividad productiva a un crecimiento armónico y equitativo razonable, se requiere de un control suplementario al actual que regule los objetivos, las necesidades y los fines de la actividad productiva (que evite la especulación intrínseca en una competencia privativa dirigida a la obtención de monopolios que garanticen plusvalías) y destinar los esfuerzos a corregir las desigualdades que promueve la explotación de la economía de mercado, debido al estímulo sistemático de una competencia irracional. Es decir, se requiere repensar de arriba a abajo el sentido del comercio mundial y el sentido racional de los derechos y los deberes desiguales normalizados, resultado de un proceso histórico.

El mercado promueve el desarrollo tecnológico y la economía de bienes y servicios, pero no lo promueve de forma equitativa y /o racional. De hecho, explota las desigualdades de derechos sociales y ambientales básicamente para crear plusvalías. Tal y como lo promueve la Organización Mundial del Comercio (OMC), se explotan los derechos desiguales y el bajo coste que ello representa de forma desigual (lo hace quien extrae la riqueza), mientras se prohíben (inhiben) las prácticas proteccionistas que podrían permitir a los estados con menor poder económico beneficiarse de parte de los beneficios que generan sus recursos y la mano de obra propia. Es decir, las desigualdades biológicas y sociales que se normalizan entre los diferentes marcos normativos estatales permiten la vigorosidad de una Economía Global Productiva beneficiando a una parte del mundo, y perjudicando a la inmensa mayoría. Por esta razón el capital circula libremente pero no las personas ni los derechos, mientras las grandes empresas se encuentran necesariamente aliadas con la economía política de los estados que las custodian, concediendo enormes privilegios a un Poderoso Constructo Financiero del que participan, manteniendo intereses comunes. Paralelamente, el constructo económico y financiero tiene el privilegio internacional de disfrutar de las Desigualdades que Alimentan el Mercado Global (donde un mundo pobre garantiza bienes y recursos a un mundo rico que los transforma en plusvalías, que se privatizan) y el control absoluto de las leyes o normas que lo reproducen.

Por tanto:

Se ha creado un modelo de «libre mercado» que, básicamente, beneficia a quien se encuentra en una posición preferente o ventajosa, resultado de un proceso histórico que tiene sus fundamentos en múltiples pactos y negociaciones, guerras y explotaciones, que han tejido las actuales «normas comerciales». Y las «normas comerciales” son las reglas de la Orden Internacional. Se han creado las reglas o normas de un «juego» en el que, técnicamente, se acumula riqueza pero es intrínsecamente inestable, irresponsable y desigual. Y, paralelamente, se promueve sistemáticamente la negación de este malicioso constructo creando un imaginario o cosmovisión colectiva que promueve su bondad. Colectivamente nos hemos puesto, literalmente, una venda (institucional, legal, educativa, intelectual …) en los ojos.

El «juego a la competencia» pone los recursos y las personas al servicio de una finalidad especulativa, y esta «norma» estructural implica que, de hecho, todo el constructo socioeconómico y territorial se encuentre afectado. A la inestabilidad del espacio hay que añadir la gentrificación urbana y social, la inestabilidad laboral y, sobre todo, la especulación, la corrupción y la evasión de capitales, que son diferentes expresiones contrapuestas pero complementarias de una «realidad subjetiva» constantemente alterada que asola todos los valores universales e impide replantear cualquier alternativa a corto, medio o largo plazo.

Resultado de una competencia inducida y sobredimensionada artificialmente se acumulan expectativas en la forma de Grandes Tratados Internacionales para el Estímulo Compulsivo de la Competencia, que legitiman grandes y pequeños planes estratégicos que promueven la narrativa del beneficio colectivo pero disimulan su finalidad última: crear unas plusvalías privativas que cada vez son menores y más selectivas (porque tienden a crear grandes monopolios, oligopolios). El número de los grandes y pequeños proyectos es creciente e inversamente proporcional a su éxito, que es cada vez más breve y más costoso, mientras el reparto de la riqueza es cada vez más desigual. Paralelamente, los recursos naturales se encuentran sobreexplotados con múltiples consecuencias nocivas para la matriz biológica y el medio ambiente, mientras las sociedades humanas, en la forma de múltiples individuos más o menos colectivizados en el régimen de la competencia, tiende a hacerse preguntas imprecisas a grandes temas que no controlan. En conjunto, se observa esta tendencia sin comprender las causas, mientras emerge un debate global que, poco a poco, apunta a las Leyes Injustas de la Economía Global. De hecho, va creciendo y no tiene freno porque el colapso de este Orden Global en Competencia es cuestión de tiempo. Es inevitable y, al mismo tiempo, es el principal reto global que debe atender la Humanidad para conducir su Futuro.

Andreu Marfull Pujadas
2018-03-30

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